Tuve ocasión de escuchar al cantante Imanol en directo hace tres años, en el Teatro Principal de Vitoria. Los allí presentes recordábamos a Fernando Buesa y Jorge Díez en el primer aniversario de su asesinato. Al finalizar el acto, un amigo al que acompañaba quiso hablar con Imanol, cosa que hizo una vez que el cantante apareció. Mientras, yo observaba desde mi poco más de metro y medio de estatura a aquel hombre alto: gran estatura, gran voz, seguro que gran corazón y mejores sentimientos.
Su muerte me ha entristecido irremediablemente, porque nos vemos privados de algo tan necesario en estos tiempos de inmediatez absoluta, como lo es una adecuada dosis de poesía musicalizada, bella y pausada, como la que nos regalaba generosamente Imanol. Exiliado por el terror, fuera de su tierra natal. Como tantos otros. Y no debemos olvidarlo: aunque la bestia simule estar dormida, sigue cobardemente agazapada.
Mi amigo terminó su charla con Imanol y yo no me pude resistir y le pedí un autógrafo, en el único soporte que tenía a mano: el programa de presentación de la Fundación Fernando Buesa Blanco. Lo guardo como un pequeño tesoro en memoria de tres ausentes.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 2004