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COLUMNA

Los topos no paran

Resulta decepcionante el modo en el que por aquí afrontamos los meses del verano. Julio, agosto, e incluso septiembre, son un páramo vital; algo de nosotros muere. Desde luego, la vida pública decae hasta la perturbación. La política se detiene en rancios y estériles cursos de verano a los que acuden rencorosos ex-presidentes, la economía se aplaza para mejores fechas, Irak y la sensibilidad sobre lo que allí ocurre comienza a alejarse de nuestras vidas, las radios cambian su programación con emisiones light y aburridas. La cultura se hace espectáculo, y los espectáculos, feria. No hay, por no haber, ni Liga de Fútbol, con esto les digo todo.

Se nos dice que, a cambio de ese desbarajuste general, recuperamos "la vida", esa cosa pequeñita que nos corresponde junto con la pensión por jubilación. Ya saben, el bañito al atardecer, rajar con amigas y amigos sobre "el santo" (Elvira Lindo dixit), copas por la noche, y paella de la suegra (que es mucho mejor que la nuestra, por mucho que nos neguemos a reconocerlo). Droga blanda que nos adormece. Mientras, los topos no paran. Siguen construyendo sus galerías: reformas educativas, reconversiones empresariales, leyes de perdón. Nos socavan el suelo por el que habremos de transitar en otoño;... reformas constitucionales... eh, alto. Hasta ahí podíamos llegar.

Pues sí, hasta ahí hemos llegado. El PSC que no es el PSOE, pero lo es al mismo tiempo (no se vio nada semejante desde el Misterio de la Santísima Trinidad), lanza su órdago en julio: "la mayoría parlamentaria es el único límite a la reforma de Estatuto", el catalán. Olvídense ustedes de la actual Constitución española y otras reglas de nuestra efectiva convivencia libre. Lo dice oficial y solemnemente el PSC (que no es el PSOE, pero se confunde). Y lo remata el inefable Maragall con esa frase memorable de "Zapatero es una bendición de Dios" -con lo que uno echa en falta cierto olor a azufre en la Capital y Corte, que caiga fuego del cielo en lugar de maná, porque Anda suelto Satanás, que decía Aute-.

En serio. ¿Cuáles son las bases de nuestra actual Constitución?, ¿la voluntad del legislador que coincide con la voluntad del país al refrendarlo? Un primigenio sentido de libertad (limitado por el Ejército, etcétera; tema que nunca ha sido enmendado), la necesidad de dotarse de una legislación positiva que ampare especialmente al individuo, y un esfuerzo de integración nacional de los diversos territorios que componen España (y que se han ido conformando con su historia). ¿Es cosa de ponerlo patas arriba justo en julio? No. Yo no lo creo.

Se habla de Maragall, formado entre Barcelona y Roma, como un estadista de pensamiento denso. Con mis respetos por su actuación como alcalde de Barcelona (de corte estrictamente nacionalista; cosa que a mis ojos no le descalifica a priori, en absoluto), actuación que ya quisiera uno para la Ciudad Vasca, percibo en él más miserias que pensamiento denso. Tomó el pelo al lehendakari (véase al que suscribe en El País del 23-06-2004), calentó con el Concierto los ánimos del Presidente andaluz (Chaves), y ahora pretende hacer pasar por un "bendito" al Presidente del Gobierno, y recién renovado secretario general del PSOE, Rodríguez Zapatero.

De acuerdo, quiere la reforma de la Constitución, quiere encabezar ese movimiento desde Cataluña. Es posible que exista una mayoría social catalana que lo reclame. Quizá. No, desde luego en mi país, el País Vasco. Nunca -creemos- podrá confluir el plan Ibarretxe con una reforma ordenada de la Constitución. (No por nada, sino porque nunca un juguete autopropulsado, una broma, aportó nada a los lanzamientos de los Apolo, un proyecto técnicamente complejo.)

Los topos no paran. Sobre un principio de acuerdo general no puede prevalecer el indolente-enquistamiento (L.-D. Izpizua), ni el irresponsable discurso del cambio por sí mismo (J. Arregi). Vivimos en una sociedad moderna que admite y agradece discursos racionales.

Comencemos por hacerlos, y luego, Dios dirá.

Huele a azufre y tomo una sangría. No me hagan mucho caso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 2004