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COLUMNA

Garrote

Regresábamos del colegio en coche y estábamos en pleno atasco del mediodía. En el asiento trasero del Renault 4L íbamos cinco niños apretados, peleándonos como siempre por uno poco más de espacio. Era el 2 de marzo de 1974. Recuerdo que mi padre frenó de golpe, nos mandó callar y subió el volumen de la radio que estaba dando la noticia de la ejecución de los dos últimos condenados a garrote vil. Le vi golpear el volante con el puño. Seguramente había pensado que en el último momento la sentencia no se aplicaría. Siempre fue, y sigue siendo, un optimista irredento. Tampoco creyó que a él lo fuese a detener la dictadura al año siguiente junto a otros nueve militares antifascistas.

Mucho tiempo después llegué a ver el macabro artefacto con el que fue ejecutado Salvador Puig Antich. Consistía en una especie de mástil erguido sobre el banquillo del reo con un gollete de acero ajustable a la garganta. El envés de la estaca tenía un torno con manivela cuyo fin era introducir aquel vértice punzante en el bulbo raquídeo del condenado. Esta prenda fue exhibida en la Fundación Camilo José Cela y luego retirada en medio de un gran escándalo.

Salvador Puig Antich supo por qué moría y acabó convirtiéndose en un mito para la izquierda. En cambio casi todos ignorábamos quién era Heinz Ches, el preso común que fue ejecutado el mismo día para restarle carga política al asunto. El documental, La muerte de nadie, que acaba de estrenarse, cuenta la historia de este hombre que murió solo, sin patria y sin nombre o con nombre falso, en un país cuyo idioma no conocía. En realidad se llamaba George Michael Welzel y era un alemán del Este que había cruzado el muro y conocía en su piel los métodos de la policía secreta de la Stasi. Su paso errante por el mundo estremece de pura desolación. Según sus compañeros de celda, era un tipo amable y callado que jugaba al ajedrez con la frialdad de los que ya saben que tienen la partida perdida, una víctima propiciatoria.

Para mí aquel suceso fue el primer atisbo de que el mal absoluto existía. Y esa sospecha, en la frontera de los 14 años, marcó el inicio de un abismo que aún está lleno de historias negras que algún día habrá que contar de nuevo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de julio de 2004