Los ciudadanos normales, los que usamos el coche, el autobús, el tren de cercanías... para ir al trabajo, estamos más que hartos con la politización y con las molestias que ocasionan las obras del Tren de Alta Velocidad. ¿Vale la pena devorar millones y más millones de euros en este medio de transporte de élite? ¿Han hecho un estudio serio de su rentabilidad? ¡Ya está bien de tomarnos el pelo!
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de agosto de 2004