Mi nombre es Notecomaslaarena. Ésa soy yo. Notecomaslaarena, todo seguido: como un buffet libre, como una quincena, de julio, de agosto. Respira si quieres. Pero, en verano, ni una sola pausa. No, no, no. He cumplido tres, cuatro años. Paréntesis para caer rendida sobre la toalla, roja como un bote de ketchup, metamorfosis en los hombros: de niña a cereza. Mamá y la abuela me amadrinan: lo proclaman cuando, tras abrir la boca, dirijo a mi garganta un puñado de playa. ¡Notecomaslaarena! Ésa soy yo, ése es mi nuevo nombre, y como el yo que yo soy, contesto y rehúso exfoliar mis dientes de leche. Ni dos ni cinco años. Una buena chica. Aislamiento de barro en el estómago, antes he tardado apenas un chasquido de segundo en lanzar al aire la camiseta color zumo de zanahoria, y correr -sandalias de plástico incluidas- a tragarme la sal como si de Lacasitos se tratase. A mí los elementos: boca abierta, mar interior, era de Fuengirola. Tengo tres, cuatro años. Trago agua y arena y soy naturaleza y soy feliz. Mi nombre es Notecomaslaarena; ésa soy yo. Estas actitudes -soy consciente- merecen ser correspondidas con bautismos de altura: también reacciono ante Pontealasombra, Échatecrema, Quieresyalamerienda. Una chica lista: me suenan. Soy todos esos nombres. Atesoro tantos como días de playa en mis vacaciones; cada chapuzón consiste en un revival de pasajes del Nuevo Testamento, cabeza sumergida, pies buscando el sol, mi éxodo responde a un grito distinto. Tres, cuatro años. Salgo mediterránea, mis intentos por volver a la sombrilla abren la arena, me caza la sombra de papá. Ésta es mi hija amada, oh, sacra croqueta, alimento mío. Croqueta, porque ruedo desde el borde de la toalla al borde del mar, empanándome: Tevasallenartodadearena. ¡Croqueta, croqueta!, silban los otros niños, y no me acerco porque las únicas voces que merendaría son las de mamá y la de la abuela. Qué mayor que soy, tres, cuatro años. Ahora: gamba de vuelta a su hábitat acuático, saltando contra las olas, huyendo de las algas, cayendo, conchas clavadas en las rodillas, me duele, me duele. Cuento mis lágrimas, reclamo un bocadillo de fiambre, me duele, me duele. Ahorasíquiereslamerienda. Croqueta, croqueta, mira la croqueta cómo llora. Ante el sobrenatural hecho de que una croqueta comparta sus emociones con los humanos, los niños sólo son capaces de canturrear. Qué espero de un mundo en el que la hermanación con el origen -comer arena- se castiga igualando el tono de tu culete con el de los hombros. Salsa de tomate: Kafka. Castigada. Tengo cuatro o tres años.
Fuengirola se erige en mi cabeza como un sinónimo de huevos fritos en el desayuno
Y mala memoria. Agenda, no neuronas: dentro de mi cabeza abierta orbitarían fichas con nombres, rostros, fechas. Son macedonia, ni un solo recuerdo conectado. Cosa aquí, cosa allá. Pero sí podría repetir una estación toalla a toalla: el primer verano alejada de ventiladores, en el que descubrí palabras como mar, espeto, cocacola, entregada al destrozo de castillos de arena, a la contaminación urinaria marítima. Desde los tres a los diez años, señalabas mis vacaciones y decías: Costa del Sol, Fuengirola, Los Boliches. Recuerdo el túnel desde el hotel a la playa, el caimán hinchable exhibido -con escaso éxito de ventas- durante ochenta y cuatro meses. Los concursos de chistes en cuyo segundo puesto acomodé mis apellidos. El trueque con las abuelas: una gracia, cinco duros. Fuengirola se erige en mi cabeza como un sinónimo de huevos fritos en el desayuno, frutos del mar en el almuerzo, cenas rápidas para descansar cuanto antes. O Lauren Postigo antes de dormir, por el Paseo Marítimo: descubro la mitomanía. Sábanas blanquísimas y vecinos que te retuercen las mejillas igual que en la Plaza de las Tendillas. Es el verano de mis tres, de mis cuatro años. El verano en el que soy más libre: puedo practicar la autoahogadilla, botar con niñas más rubias que yo, llamarme Notecomaslaarena y Princesagraciosa y todas las palabras del diccionario que me plazcan. Dios es mi identidad real: tras seis extenuantes días de trabajo, al séptimo caigo rendida en el Ford Fiesta, de vuelta a Córdoba.
Al año siguiente damos la bienvenida a Marta, y me despido -compungida- del flotador. Flequillo, bañador de cuerpo entero, la niña de la fotografía se ha convertido en otra página del álbum. Entonces ya prefiero los azulejos cielo de la piscina: las niñas de mi edad no comen arena ni se creen sardinas ni adoptan en público los usos y costumbres propios de la comida casera. No, no, no. Los siguientes veranos han lucido el post-it ordenador, sierra, amigas, mil cosas que apunto en un diario para leer si pierdo las pestañas. Pero ninguna semana tan viva, tan reciente, como aquella en la que con tres, cuatro años, respondí a Notecomaslaarena, amasé mi fortuna balbuceando en la terraza del hotel, y sonreí con sinceridad -por primera, última vez- ante una cámara.
Elena Medel (Córdoba, 1985) es autora del poemario Mi primer bikini (Premio Andalucía Joven 2001) y Vacaciones (El Gaviero, 2004).
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2004