Una dotación de la Guardia Urbana de Sitges, decenas de bañistas, miembros del Centro de Recuperación de Animales Marinos (CRAM) y un delfín. La cala del Port d'Aiguadolç (Garraf) mudó el domingo pasado su habitual atonía estival -la cercanía a una cala nudista la salva de multitudes- en desenfreno desde que a primeras horas de la tarde fue avistada una aleta dorsal en las aguas más próximas a la playa. Tras descartar enseguida que perteneciera a un tiburón, dieron comienzo las tareas de salvamento de lo que parecía un delfín con problemas de orientación o de salud.
Un grupo inicial de voluntariosos bañistas estuvo empujando al animal hacia alta mar durante más de una hora con la misma obcecación con la que el mamífero retornaba a la playa. La Guardia Civil, tras llamar al Centro de Recuperación de Animales Marinos (CRAM), puso fin al sisífico esfuerzo y organizó el primer dispositivo de salvamento: el CRAM comunicaba las instrucciones a los agentes mediante radio y éstos al dueño de un chiringuito de playa; éste se adentraba en el agua hasta la altura de los bañistas que atendían al animal. "Que sólo lo toquen dos personas, mantenedlo siempre mojado y dejadle el agujero que tienen en la cabeza fuera del agua", fueron las primeras directrices que recibieron los esforzados bañistas.
Ferran Alegre, presidente del CRAM, llegó a las 18.30 horas a la cala donde se hallaba el delfín tras burlar con su moto los atascos de un domingo de verano. Prohibió los gritos y las fotos con flas, y alejó al público, que asumió sin probelmas estas instrucciones, de las cercanías de animal. "Es de agradecer el comportamiento cívico de todos, algo que desgraciadamente no siempre se da", subraya Alegre.
Los delfines listados (Stenella), especie a la que pertenecía el aparecido en el Garraf, nadan en manadas de entre 60 y 80 individuos, a unas 15 o 20 millas mar adentro. La voz humana, por desconocida, les genera estrés.
Alegre atrajo al delfín a una zona que le permitiera hacer pie y mantener a flote al animal levantándole la cabeza. En el agua le acompañaban otro bañista en operaciones de salvamento y Ángel, un fotógrafo que seguía el ritmo de las olas saltando con la cámara sobre la cabeza. "Me jugué el equipo: 500.000 pelas", precisa el fotógrafo.
La arribada de un delfín a la costa es consecuencia de un agotamiento pleno que anuncia su próxima muerte. El animal llevaba varios días herido. Los parásitos en su piel evidenciaban una natación lenta que, con toda seguridad, le había impedido seguir el ritmo de marcha impuesto por sus congéneres. El cansancio causa deshidratación: los delfines beben el agua dulce que encierran las entrañas de los peces que comen. Por eso, una de las tareas básicas de salvamento fue darle pequeños sorbos de agua mineral.
Mientras esperaban la llegada de la ambulancia del CRAM, los niños en la arena vivían excitados una representación doméstica de la película Liberad a Willy. "Mamá, ¿va a salvarse?, ¿lo echarán otra vez al mar?", preguntaban ansiosos los niños que contemplaron la operación de salvamento.
La película era de las que no tienen final feliz. El delfín listado debió de consumir sus últimas energías en la apacible cala de Sitges. Murió en la ambulacia que, debidamente acondicionada, lo trasladaba a la sede del CRAM.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2004