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Reportaje:MALLORCA ESTUDIA RECONVERTIR SU INDUSTRIA DE SOL Y PLAYA

Ni un hotel más

Nadie se atreve a hablar de crisis porque millones de turistas siguen acudiendo a Baleares en busca de sol y playa. Pero la industria hotelera quiere una reconversión de un sector cada vez más saturado en el que sobran entre 10.000 y 50.000 camas, y pide la transformación de hoteles en viviendas

Si hoy me regalan un hotel no lo quiero, a no ser que lo pueda vender", el pionero empresario hostelero Jaume Moll caricaturiza con su diagnóstico instantáneo el incierto presente que vive la gran industria de sol y playa, el turismo de masas en Mallorca. En la isla que lideró la aventura del negocio del ocio flotan las dudas y se habla de eliminar camas, de rebajar la oferta para aguantar la calidad y los precios. Hay una opinión autorizada, la de Simón Pedro Barceló, vicepresidente del grupo Barceló y del lobby español Exceltur, que afirma: "Yo aplaudo que hoteles obsoletos cambien su uso y actividad y se conviertan en apartamentos. Me parece una gran idea". A su vez, el ex consejero de Turismo y hotelero Jaume Cladera mira lejos: "Vivimos un cambio radical del fenómeno del turismo masivo -playero- fruto de la globalización. La crisis es del paquete hotelero, no del producto Mallorca, la gente sigue acudiendo a sus costas".

Ocho millones de viajeros al año pasan sus vacaciones en Mallorca, que cuenta con una población permanente de 800.000 personas

En la cúspide canicular agosteña, con los hoteles llenos -en parte gracias a la lluvia de rebajas en el mercado español y europeo-, los mallorquines discuten la necesidad y el alcance de la reconversión de la actividad tan exitosa y que tanto hizo crecer la planta de establecimientos. En la isla hay más de 300.000 camas en cerca de 1.700 hoteles. Además existe más de un 30% de veraneantes autónomos, que escapan al control de las redes hoteleras y acuden a casas propias o de alquiler, o barcos. "Esta vía del turismo residencial, de gente que compra o arrienda chalés en la red, no se puede frenar como pretenden algunos negociantes", advierte Cladera.

Sin trabas en el plano político y social, se habla con insistencia de reducir el tamaño del turismo hotelero, de liquidar un 10% o 20% de la oferta de plazas envejecidas: los hoteles pasarían al sector inmobiliario para ser adecuados como viviendas. No es éste un debate dirigido por los ecologistas -que en invierno sacaron a 60.000 personas a la calle en Palma contra las autopistas y el desarrollo de más urbanizaciones-, ni ha sido suscitado al constatar de nuevo estos días la masificación del litoral, los atascos en zonas turísticas y los aprietos en algunas playas. Es una respuesta liberal de empresarios que aluden a la autorregulación del mercado.

El mercado europeo no crece

Ocho millones de viajeros al año pasan sus vacaciones en Mallorca, que cuenta con una población de 800.000 personas. "La angustia ha aparecido cuando los empresarios hoteleros se han percatado de que el mercado europeo no crece y que en el entorno mediterráneo -desde Andalucía hasta Croacia- se han creado 300.000 plazas turísticas nuevas, tantas como las de Mallorca. "Es una sola tarta a repartir", señala Pep Antoni Mendiola, ex director general balear de Turismo. "Se ha doblado la oferta y, para llenar, los precios se bajan". Los operadores internacionales ya contratan a presión para 2005 con rebajas sobre los limitados precios actuales.

El cartel de "completo" estará colgado en Mallorca durante al menos quince días. La segunda semana de agosto, la isla está cerca de multiplicar por dos su cifra de habitantes. En caliente, los dirigentes sociales y económicos coinciden en la receta que se debe aplicar: una poda del sector, que implica una autocrítica y un freno al expansionismo.

"La naturaleza de la crisis es estructural, más hotelera que turística, y afecta a Mallorca como destino, al producto, su rentabilidad y su oferta complementaria. La afluencia no ha bajado", según el diagnóstico del abogado y asesor financiero Miquel Capellà. "Quizá sobra el 20% de la oferta, la obsoleta, que está fuera del mercado y condenada a cerrar. Tanto si el hotel se transforma en pisos como si se clausura, la plantilla se quedará sin empleo y es un tema social a solventar".

La tradicional rentabilidad del turismo mallorquín está en cuestión. La incertidumbre atañe a la misma esencia de la aventura de la llamada gallina de los huevos de oro, que ha permitido protagonizar un insólito fenómeno de progreso y transformación social y territorial. Mallorca pasó en décadas, en cierta forma, de una sociedad antigua del siglo XIX al XXI sin pausa. En los años felices de los sucesivos boom, con el aumento en avalancha de visitantes -de cinco millones en 1982 a 11 millones en 1999, para Baleares-, se decía que cada hotel se podía amortizar en 10 años: los operadores internacionales financiaban con créditos la inversión o aseguraban su actividad con largos contratos. Así ocurrió el incesante engorde de la oferta.

En apenas cuarenta años, personajes anónimos, hijos de agricultores, sin fortuna previa, gracias al turismo, con su viveza y sentido del riesgo, se convirtieron en magnates internacionales. Ésos son varios casos: un empleado de agencia, Gabriel Escarrer, creó Sol Meliá; un conductor de autocar, Gabriel Barceló, fundó su marca familiar, y un pequeño hostelero catalán, Luis Riu, levantó Riu Hotels. A su vez, miles de pequeños y medianos empresarios surgieron y emplearon a decenas de miles de inmigrantes en un efecto multiplicador evidente. Una amplia clase media con alto nivel de renta afloró rápido, incrementada por aluviones de inmigrantes andaluces, castellanos y extremeños, que representan un 30% de la población de Mallorca.

Dos jóvenes líderes de las nombradas cadenas familiares ya multinacionales, Simón Pedro Barceló y Luis Riu, han coincidido en alertar sobre la reducción de ganancias del negocio hotelero, los cambios de tendencia de la clientela tradicional, el aumento de la competencia internacional. Barceló, el sábado 31 de julio, estaba observando el flujo de llegadas al aeropuerto de Palma, que aquel día tuvo 150.000 pasajeros, con colas en los baños y puertas de salida.

No falla la marea de clientes, el desembarco de continentales ávidos de mar, que sienten la llamada del sol y la isla desde el corazón gris y frío de Centroeuropa o en la Península. Pero "el sector turístico ya no es tan rentable social y económicamente como lo era antes. Se ha cedido a la presión exterior sobre los precios", indica Barceló.

En este contexto de enfriamiento de las cajas y la contracción de la demanda, la patronal de hostelería de Mallorca apuesta por "la reconversión, entendida ésta como la eliminación de las plazas obsoletas de hoteles no renovados, de una, dos o tres estrellas, en graves dificultades de contratación, que hunden los precios y pese a ello no son rentables. Pero con la ley en la mano nadie puede obligarles a la clausura", según observa el portavoz Juan Toni Fuster.

Un 80% de la actividad económica insular depende del motor del turismo, Mallorca es un monocultivo terciario irreversible pese a que desde los orígenes del boom, en los pasados años sesenta y setenta, se comenzó a debatir una alternativa para diversificar el riesgo. Así, la gran mayoría de la población vive del negocio y de sus ramificaciones subsidiarias, y también por ello, como pasa con el fútbol, cada ciudadano tiene una opinión y un apaño.

"Hay crisis", dictaminan sin paliativos los dirigentes de los sindicatos CC OO y UGT, cuya fuerza radica en las plantillas hoteleras, restauración, transporte y construcción. "Sobran 50.000 plazas", afirma Lorenzo Bravo, de UGT, que reclama que antes de decidir el cierre de un hotel debe solventarse el futuro de "los 3.000 trabajadores afectados por la eventual pérdida de empleo". Los sindicatos afirman que la permuta de habitaciones de viejos hoteles por pisos para venta es una gratificación inesperada para los empresarios que no se adaptaron.

La bajada en la rentabilidad la advierten primero los temporeros del sector que pierden contratos y duración de los que se mantienen. Los sindicalistas piden intervenir en el debate y en las soluciones, y amenazan con movilizaciones si no se afronta un plan específico de mejora de la actividad turística y de las condiciones laborales. José Benedito, de CC OO, propone que se decreten incentivos fiscales para los empresarios, "rebajas de impuestos a los hoteleros que amplíen su periodo de apertura y creen más empleos".

Hay zonas maduras, degradadas, áreas de esponjamiento. Modernización o reconversión son definiciones que se contemplan para señalar la necesaria transformación. El nuevo plan territorial de Mallorca, en trámite de aprobación, abre las puertas a la transformación, no generalizada, de hoteles en edificios residenciales, pisos y apartamentos. La izquierda quiere derribos y restauración de paisajes asolados.

"Falta un libro blanco, un diagnóstico, para definir dónde estamos en el turismo y qué hoteles pueden sobrar. El debate debería ser sobre certezas", señala la patronal hostelera, consciente de la recesión del sistema. Jordi Cabrer, presidente de los hoteleros de la playa de Palma, hace meses que reclama derribos, reciclaje y renovación en la muralla de hoteles en primera y segunda línea: "Ha de hacerse una reconversión con ayuda estatal como la que se hizo en la siderurgia. El Estado sacó petróleo, muchas divisas, del litoral que dejó explotar y ahora nos debe ayudar".

Las arcas públicas, coinciden el Ministerio de Industria y Turismo -del PSOE- y la Consejería de Turismo de Baleares -del PP-, no han de usarse para sufragar los costes del recorte del tamaño de la oferta turística. Los grandes empresarios asumen que la operación de cirugía, profunda, estructural, que no un simple estiramiento, ha de ser asumida por la iniciativa privada, que se podrá beneficiar del cambio de uso.

Moratorias urbanísticas

Los hoteleros aseguran que desde hace más de una década apostaron por frenar la apertura de más hoteles y que han apoyado las moratorias urbanísticas y de nuevos establecimientos. Con la anunciada mutación de hoteles en viviendas -se habla de entre 10.000 y 50.000 camas que deberían ser excluidas del negocio turístico-, los constructores y promotores inmobiliarios ven amenazado su predominio y se han pronunciado contra la propuesta. En opinión de su patronal, representaría "un premio que se entrega al hotelero que no se ha renovado, una vía de salida a un hotel fuera del mercado y varias veces amortizado".

En la historia reciente no se conocen más de dos casos de hoteleros mallorquines ahogados en sus propias finanzas, fracasados ante la imposibilidad de sufragar la inversión o mantener las puertas abiertas por pérdidas insoportables. Durante los florecientes años ochenta y noventa se dijo que los grandes hoteles de la costa de Mallorca ganaban cerca de 5.000 euros por cama y temporada de más de medio año. Un hotel de 400 camas podía tener beneficios netos de 2,5 millones de euros. La ganancia bruta hotelera está en la actualidad, en teoría, entre el 30% y 40% de la facturación, pero una "bajada en los precios que te marca el operador internacional, del 3% o 4%, puede reducir las ganancias a casi la mitad", analiza el abogado Capellà.

"Construir nuevos hoteles en la isla no es negocio desde hace años. Barceló puede demostrar con documentos que tiene solares y proyectos sin desarrollar", resalta el patriarca del grupo Barceló, Gabriel Barceló, que, como los Escarrer y Riu, salió a la conquista del mercado exterior y lejano, abriendo establecimientos internacionales, en especial en el Caribe. "Los beneficios de la inversión externa redundan en las islas", advierte, y como ejemplo hace referencia a su primer complejo hotelero de la playa de Palma de los años sesenta, el Pueblo Barceló, que se acaba de reconstruir completamente.

La bahía de Palma ya vivió un trastorno económico en el pasado al ver caer su gran turismo hostelero clásico, de alto nivel. "El cliente tradicional, el actor Errol Flynn, no podía alternar con camareras de Francfort ni con mecánicos de Bonn que llegaban con el turismo de masas. Se hundió la gran hostelería de lujo de Mallorca de los cincuenta y entró la clientela masiva de turismo, de clase trabajadora, amante del sol y la playa", relata Jaume Cladera, que gestiona 4.000 plazas en el mercado. "Ahora viene otra transformación, otro cambio de tendencia. Pero no es la muerte del turismo de sol y playas, que crece en todo el mundo".

La palabra crisis es políticamente incorrecta, está borrada del vocabulario oficial del poder, ya sea político o patronal. "No hay crisis porque no hay ningún hotel en venta", asegura el portavoz económico del Gobierno de las islas Baleares. La voz de calma de la autoridad autonómica es secundada por la del jefe de la confederación de empresarios, Josep Oliver: "No tenemos recesión en el PIB", mientras que el líder de la secular entidad de Fomento del Turismo, Miquel Vicens, se pregunta: "¿Cómo se puede hablar de crisis si cada año vienen diez millones de visitantes a Baleares?".

Año raro

"Éste es un año muy raro, con un balance inicial irregular. Ahora tenemos buena ocupación, pero no fue así a primeros de julio, en junio y en mayo", confiesa Fuster, de la Federación de Hoteleros. Los patronos insisten en que desde 1999 hasta 2004 se observa una tendencia a la baja en el movimiento turístico: cae el número de visitantes y los días de estancia, se reducen los periodos contratados, de los diez días tradicionales, a los seis días, o sólo tres o cuatro noches.

"Hoy se necesitan más turistas para llenar. Y es cierto que hay un volumen importante de gente que entra por el aeropuerto y no sabemos adónde va, qué servicios contrata, si compra por Internet, ocupa su casa o yate". La autogestión, la contratación directa de las vacaciones, muerde en la tarta del negocio hotelero, pero no reduce el terreno total del turismo. Los operadores de matriz alemana e inglesa también están inquietos, pretendieron dominar todo el negocio en vertical y marcar precios y márgenes.

Las multinacionales Thomas Cook, Tui o Neckermann, por ejemplo, tienen intereses en la venta en origen, minoristas, mayoristas, en contratación en bloque de hoteles hasta la copropiedad de los establecimientos, pasando por el dominio de compañías aéreas, agencias recepcionistas, flotas de autobuses y red de oferta complementaria. El hotelero es el hermano menor, el último eslabón, y los empresarios intermedios pierden peso.

Las tiendas, bares y restaurantes del litoral mediterráneo se lamentan de una caída de ingresos en sus negocios. Una de las causas de su debilitamiento la observan en el florecimiento del "todo incluido", la corriente impuesta en numerosos hoteles, a imagen de las propuestas de los complejos de las playas solitarias del Caribe, donde se procura que el cliente no salga del recinto y tenga pagadas todas sus consumiciones. Muchos turistas que van a Mallorca abonan la totalidad de sus servicios y consumiciones posibles en su país; estos euros no pasan por las cajas privadas ni afectan a la balanza global de la economía insular.

Baleares saltó coyunturalmente hasta los 11 millones de turistas en 1999 gracias al préstamo de turistas que eran clientes para otros destinos con tensiones o conflictos: Turquía, Croacia, Túnez, Egipto. Ahora se está en la normalidad, advierte el ex director general Mendiola. "El número de visitantes está estabilizado, es el mismo de la década pasada, pero hay muchas más tiendas y bares con menos caja".

Mallorca ha disfrutado de cuarenta años de desarrollo de una industria en continuo crecimiento, con sus recesiones temporales, diversas, descontando la primera grave crisis del petróleo de 1973. El letrado Capellà anota razones para la crisis de fondo: "La isla ya no cuenta con dos barreras proteccionistas que salvaron el vigor local del turismo: la escasa distancia y el menor coste del viaje desde el centro de Europa, junto a la inestabilidad y falta de desarrollo de la competencia cercana. Ambas ayudas han desaparecido".

Los billetes de avión se han rebajado (de 460 euros el coste de un Palma-Francfort a los poco más de 126 euros actuales) y ya no hay tanta diferencia de precio para ir a lo largo de todo el año al Caribe, donde se dan parámetros de calidad y atractivo por exotismo quizá superiores a Baleares, donde los precios extrahoteleros se han disparado.

"Cuando voy a la tienda, con la paridad del euro, me percato de que la cesta de la compra es en Mallorca tanto o más cara que en Alemania", afirma Petra, una turista residencial con casa propia que viaja más de cuatro veces al año desde Berlín. "Hay familias de cinco miembros que sólo en sombrillas y hamacas de playa gastan tanto como en el hotel a media pensión, sin contar los refrescos", lamenta un hotelero crítico con lo que supone la caza implacable del turista. Once euros por dos hamacas y una sombrilla factura a los playistas de Es Trenc, de Mallorca, célebre y multitudinaria. En Ibiza, por una hamaca en Ses Salines se cobran hasta 6,50 euros. En Menorca, para transitar por caminos particulares hacia calas privadas se pagan cinco euros. Un solo euro por día y turista costaba la polémica y pionera ecotasa del Gobierno de izquierdas de Baleares, de 1999 a 2003, derogada por el PP con el aplauso de los hoteleros, que atribuían todos sus males a los progresistas que habitaban el poder y que "querían demonizar el turismo". En aquella época, un hotelero muy importante -Gabriel Escarrer- anunció que emigraría a Canarias, y otro de relieve -Miguel Fluxá- justificó su batalla política para ayudar al PP. Pero muerta la ecotasa, las quejas siguen.

"La oferta en Mallorca está totalmente desequilibrada respecto a la demanda. Pasa a nivel mundial. Pero en la isla no podemos competir con los costes sociales de la competencia cercana, en el sur norteafricano y el antiguo este", explica el empresario de Peguera Luis Carrasco, de 57 años. Este soriano, que llegó a la isla como inmigrante temporero en 1976 para trabajar de maître de un hotel, con "la ayuda de los operadores, el capitalito y el trabajo de toda la familia", gestiona una cadena propia de seis hoteles y 1.700 plazas. Es uno de los muchos casos que dan nombre y cara al milagro turístico, a una multitud de empresarios sobrevenidos, sin formación específica.

Plazas viejas

"Hemos optado por el turismo de calidad, abrimos ocho o nueve meses al año, y ahora tenemos llenas todas las plazas. Está claro que se han de eliminar plazas viejas. Pero no me pregunte cuáles y que tenga que señalar", resume Carrasco. Con la reducción de camas se apunta a la prolongación la temporada hotelera, más allá de los meses estrictos del verano intenso de vacaciones. Aumentar el nivel adquisitivo de los visitantes es otra de las apuestas teóricas reiteradas, como quimeras en cientos de libros, análisis y propuestas que diseccionan desde hace años la vida y el futuro del turismo litoral.

En el Mediterráneo occidental europeo existe una industria atípica, a tiempo parcial, que mantiene semicerradas medio año las fábricas/hoteles, la inversión sin rendir y las plantillas de trabajadores en el paro de los fijos discontinuos, temporeros tradicionales. Por ello, junto a la reconversión está el ensanchar los 100 días al año de gran actividad y otros 100 de apertura a medio gas.

Sin embargo, la tendencia de la clase media urbana europea va por la senda de fragmentar en varios periodos breves las vacaciones, y en sitios distintos. Además, las crisis económicas en los grandes países emisores (Alemania y el Reino Unido, que envían más de la mitad de los ocho millones de turistas a Baleares) no ayuda a serenar el debate. "Mientras salga el sol seguirá viviendo el turismo. Ocurre que nadie se imaginó que la isla competiría por precios casi con el Caribe o Cancún. Es la globalización", concluye Cladera.

La aristocracia del turismo

EN MALLORCA HAY más de medio millón de turistas, la inmensa mayoría de clase media ocupantes de hoteles discretos y masivos, pero en las imágenes se muestran los bordes del litoral, los vips y el oro. Hay la gran masa y la minoritaria aristocracia turística. Varios miles de grandes barcos de millonarios, que consumen euros a chorros, navegan y están fondeados en las mejores calas y puertos de Baleares. Están repletos los hoteles de gran lujo, aislados, junto a campos de golf y con playas y restaurantes de postín, desde Formentor hasta Son Net, al Marriot, Arabella o la Residencia, en los que las habitaciones selectas pueden valer alrededor de 1.000 euros por noche. En algunos de estos templos hoteleros -que suman más de cinco mil clientes por día- hay overbooking, exceso de contratación.

En muchas partes de la isla de Mallorca, decenas de miles de mansiones y chalés albergan otro segmento importante de los veraneantes afortunados, aquellos que pueden gozar de su soledad en sus propias casas. Miles de caserones y fincas rurales y de pueblos son propiedad de ciudadanos alemanes que efectuaron su inversión a finales de los noventa, antes de la equiparación del euro. Además, miles de españoles de alto poder adquisitivo o poderosa fortuna campan a sus anchas, aislados, en sus mansiones de campo y litoral: también está la élite de banqueros, ejecutivos, brokers, rentistas, mecenas, profesionales cuya presencia da color a las fiestas del verano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2004

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