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Reportaje:DESAFÍOS ECOLÓGICOS

Bastos para el lince, oro para las águilas

El águila imperial y el lince ibérico son las dos caras del Jano ambiental. Mientras que la población del ave se está recuperando, para el lince pinta cada vez peor

Por tierra, mar y aire, las especies en peligro están cada vez más en peligro y las listas rojas son cada vez más rojas y están más nutridas. Las alarmas siguen sonando, pero hacemos oídos sordos: 12.000 especies de flora y fauna figuran en la lista roja de la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN), y la extinción tiene ritmos de 1.000 a 10.000 veces más de lo esperado naturalmente, una tasa de desaparición escalofriante.

Según los datos del biólogo estadounidense Edward Wilson, el difusor de la palabra biodiversidad, cada año se extinguen 27.000 especies, es decir, 72 cada día, o, lo que es lo mismo, tres cada hora, una cifra que a Miguel Delibes le parece "una buena base sobre la que hacer cálculos. Y, si ese número se parece a la realidad, y todo indica que no está muy alejado, en el próximo milenio desaparecerán 27 millones de especies, toda o casi toda la biodiversidad existente. Es un ritmo muy similar, si no superior, al de la extinción de los dinosaurios o a cualquiera de las otras cuatro grandes extinciones de la historia de la vida".

Pese al buen ritmo del águila, "hasta que haya 500 parejas no creo que podamos decir que estamos fuera de peligro", dice el experto en el tema Agustín Madero

El plato preferido

Cuando más de 40 comensales se disputan la misma pieza, y a esa pieza le afectan dos enfermedades graves, toda recuperación es improbable. El conejo es comido por hasta 40 depredadores, desde culebras bastardas hasta linces, pasando por águilas, búhos, zorros, lobos y jabalíes. Y, además, a la hazaña del desgraciadamente célebre doctor Delille, que inoculó en 1952 el virus de la mixomatosis a unos conejos que se comían sus viñedos, se ha sumado la enfermedad vírica hemorrágica, otra peste que diezma conejos.

Eso hace que las labores de recuperación se encuentren con este problema añadido, que afecta tanto al lince como al águila, dos emblemas exclusivos de la fauna española y con la espada de Damocles sobre sus cabezas, aunque, según los datos, el felino lo tiene mucho más complicado que el ave. Pero, si perdemos el lince, ¿qué perdemos?

Saber lo que vale una especie no es fácil, entre otras razones porque se puede decir que tiene un valor incalculable, y ya no hay más que discutir. Sin embargo, existen técnicas económicas para conocer el valor de lo que sea, es decir, "lo que la sociedad está dispuesta a pagar por conservarlo", según Javier Calatrava, del Instituto Andaluz de Investigación Agraria. Calatrava ha dirigido un estudio destinado a conocer el valor del lince, "que depende de cada sociedad y cada momento, de manera que si hiciéramos la investigación en Alemania probablemente tendríamos un precio mayor, y si lo hacemos en Togo, menor".

El sentido de conocer ese precio es "ponerlo en manos de los que tienen que tomar las decisiones. Si hay que hacer una carretera o un pantano que afecta al lince, es bueno colocar en el análisis de coste/beneficio el coste de desaparición de la especie, porque a lo mejor lo que era rentable, con esta nueva variable ya no lo es". El precio, según las 1.500 entrevistas del trabajo dirigido por Calatrava, es de 465 millones de euros. "Eso es lo que la sociedad española está dispuesta a pagar por el lince, o dice que está dispuesta a pagar", afirma Calatrava.

Ese dinero que se pagaría por el lince no es extrapolable a todas las especies. "Si hablamos de insectos, por ejemplo, nadie daría un duro; así que no se trata de salvar la biodiversidad, sino las especies más emblemáticas", afirma Calatrava, que insiste en que este tipo de trabajo sirve más para detectar la sensibilidad social que para determinar un precio preciso. "Pero lo que está claro es que si la sociedad está dispuesta a gastarse ese dinero, están justificados los proyectos destinados a salvar esa especie".

Tanto el lince como el águila, y otros vertebrados amenazados, son objetos de programas de recuperación, y, en el caso del lince, de cría en cautividad. Garfio es el macho de lince en el que hay puestas más esperanzas, "pero lo mejor por el momento es dejarle tranquilo para que todo salga bien", dice Fuensanta Coves, consejera de Medio Ambiente de Andalucía y una de las impulsoras de este programa. Durante muchos años el programa ha estado parado porque el ministerio y la junta no se ponían de acuerdo, "pero la llegada de la anterior ministra, Elvira Rodríguez, facilitó las cosas".

En el Acebuche, en Doñana, y en Los Villares, en Córdoba, se está intentando ayudar a que haya más linces en España. "En el último censo", dice Coves, "hemos fotografiado 142 ejemplares, pero suponemos que hay unos 200 en total. Una cifra muy baja, pero hemos logrado parar la tendencia hacía abajo". La población de águila imperial, sin embargo, está de enhorabuena (excepto en Doñana). Este año han nacido 200 pollos, una cifra muy alta y casi equivalente al número de parejas contabilizadas. "En los años sesenta", dice Agustín Madero, responsable del programa del águila imperial en Andalucía, "había solo 60 parejas, así que vamos mucho mejor".

Un ave inteligente

El lince y el águila son las dos caras de la moneda, la especie que parece que se recupera y la que lo tiene mucho más complicado. Quizá sea que el águila es más inteligente, y ha sido capaz de adaptarse a las nuevas circunstancias, según el peculiar análisis que dejó en el diario de sesiones del Senado la secretaria general de Medio Ambiente, Carmen Martorell, el 26 de junio de 2002: "El lince parece bastante menos inteligente de lo que creíamos que era. Quizá tenga muy buena vista, pero después en sus conductas es un animal que corre muchísimo, y al correr muchísimo hay veces que no ve, no se para a ver adonde tiene que ir y por eso en vez de ir por debajo va por arriba".

Para ayudar a repoblar nuevos territorios con águila imperial se utiliza la técnica de la cría campestre. Según José Luis Alcaide, responsable de este programa en La Janda, Cádiz, "aunque las águilas vagan por ahí y llegan muy lejos para cazar, tienen tendencia a volver a la zona donde nacieron para anidar. Así que lo que hacemos es coger pollos de 50 días, cuando no vuelan, de nidos en los que hay tres o cuatro, que no podrían salir adelante, y los criamos en semilibertad alimentándolos pero acostumbrándoles a la vida silvestre".

El programa de cría campestre en La Janda lleva tres años, "poco para que las águilas hayan encontrado pareja y se hayan puesto a la faena de tener descendencia. Ahora", dice Alcaide, "tenemos 16 animales en el programa".

Las intervenciones de este tipo han sido criticadas por algunas personas, pese a que, según Madero, "sólo con conseguir que haya una población estable en Cádiz aumentamos en un 300% las posibilidades de salvación para la especie. Hay quien piensa que la mejor manera de conservar es no hacer nada, pero algunos sostenemos que con conocimiento y técnicas adecuadas podemos y debemos ayudar a las especies".

Pese al buen ritmo del águila, "hasta que no haya 500 parejas no creo que podamos decir que estamos fuera de peligro", dice Madero. Unos caen y otros siguen. El optimismo del águila no se puede traspasar al lince o a la foca monje, ambos al límite de la existencia. Pero ¿qué pasa si desaparece cualquiera de estas especies? Para Delibes, se trata de especies bandera, "y si ni siquiera podemos salvarlos, eso quiere decir que las otras desaparecen mucho más".

Conservación bajo cero

"ESTO NO PUEDE SUSTITUIR a la conservación en el medio natural, pero es una ayuda más en los programas de recuperación". Eduardo Roldán, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales, del CSIC, dirige el banco de germoplasma de animales silvestres en peligro de extinción. Esta experiencia está destinada a conservar tanto muestras de óvulos y semen como tejidos, sobre todo piel, de los cuatro mamíferos ibéricos más amenazados: el lince, el oso, el visón y la foca monje.

"De momento", dice Roldán, "hemos empezado a recopilar el material biológico que nos interesa y estamos haciendo ensayos con especies genéticamente parecidas para perfeccionar los protocolos de congelación y manipulación. Así, cuando tengamos el material seremos capaces de manejarlo con más garantías". El problema es que "no es nada sencillo obtener tejido de animales tan escasos como estos cuatro ni es sencillo obtener los permisos para extraer semen u óvulos".

En una primera etapa, las investigaciones se están centrando en tejidos y muestras de lince ibérico y de visón europeo. Y, para hacer experimentos, se usan muestras, que se consiguen fácilmente, de visón americano, del que hay ejemplares en granjas de cría, y de lince europeo y americano, habitantes de varios zoológicos españoles con los que el banco colabora. Además, "los gatos son muy útiles para aprender a trabajar. Y los experimentos de clonación los estamos empezando a hacer con ratones".

Roldán aprendió a clonar ratones en la Universidad de Hawai, "y ahora queremos ser capaces de hacerlo aquí. Es una técnica muy complicada, pero que puede dar buenos frutos. Pero lo más importante es conservar bien lo que se tiene, no esperar a que las especies estén en peligro y luego tratar de salvarlas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2004

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