Con todo el suspense acarreado por las pugnas políticas griegas, los retrasos de las obras deportivas principales o de las infraestructuras básicas de apoyo, los inminentes Juegos Olímpicos de Atenas, primeros desde el 11-S, van a ser los de la seguridad llevada al extremo. Más de mil millones de euros y hasta ocho países, España entre ellos, han intervenido en el diseño de unas medidas destinadas a garantizar que no se repitan tragedias como la de Múnich en 1972, o algo peor.
Es difícil encontrar un pretexto más atractivo para el terrorismo que la celebración de unos JJ OO, la ceremonia planetaria por excelencia en unos tiempos dominados por la imbatible alianza deporte-televisión. Y hay precedentes en este sentido: Múnich, en 1972, o la oscura bomba de Atlanta, en 1996, aunque por comparación fueran todavía momentos de inocencia. El 11-S y sus prolongaciones varias a cargo del fundamentalismo islámico lo han cambiado todo, han representado un toque a rebato mundial sobre un fenómeno de perversidad insuperable y que no conoce fronteras, continentes o regímenes políticos.
Grecia ha arrastrado una pertinaz fama de pasividad con su propio terrorismo. Hasta el año pasado no se dio por liquidado, después de 27 años de impunidad y más de una veintena de asesinatos, al grupo local 17 de Noviembre, la guerrilla urbana ultraizquierdista más misteriosa de Europa. Todavía hoy son frecuentes atentados con explosivos sin víctimas. Quizá por ese déficit de confianza, agudizado por la presión internacional, el país se ha hipersensibilizado ante la posibilidad de que los Juegos sean objetivo del terror.
Nadie puede garantizar protección absoluta contra unos psicópatas dispuestos al suicidio, pero parece que a fecha de hoy Atenas ha adoptado todas las medidas razonables. Con la cooperación exterior, contrarreloj y en el último minuto, los Juegos se han blindado por tierra, mar y aire. Probablemente es más fácil un nuevo apagón monumental, como el que dejó a oscuras el mes pasado a la capital y parte del sur de Grecia, que una intentona terrorista en un fortín donde se despliegan 70.000 agentes, miles de cámaras de seguridad y detectores de radiactividad, barcos de guerra, buzos, aviones de alerta de la OTAN, helicópteros en misión permanente y hasta misiles Patriot en localizaciones estratégicas.
Semejante panoplia hace añorar los tiempos en que los JJ OO eran solamente eso, juegos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2004