La teoría no basta. Si cualquiera de nosotros necesitara, por ejemplo indeseable, operarse de los ojos o del corazón preferiría sin duda que el cirujano/a tuviera, además de una impecable formación teórica, una amplia experiencia práctica; que hubiera viajado antes, con frecuencia y con éxito, por esas delicadas provincias del cuerpo humano. Y así con todo y en todas las fases. Hoy cualquier cursillo o programa pedagógico que se precie tiene que acompañar las enseñanzas de manual con algún tipo de experiencia práctica, de "tajo" efectivo, de manos en la masa correspondiente (incluso la obtención del permiso de conducir pasa, aunque no siempre se note, por superar un examen práctico). En fin, que convenimos con Lope que "quien lo probó lo sabe" y lo sabe hacer mejor que nadie.
Desde esa perspectiva valoro la elección de los actuales Ararteko y Adjunta al cargo. Además de las competencias teóricas de ambos que no voy a discutir, entiendo que tanto Iñigo Lamarca en su condición de miembro activo del movimiento gay, como Julia Hernández que no sólo es mujer sino además concejala socialista en una coyuntura política como la nuestra, conocen de primera mano, de vividas y no de oídas, muchos de los asuntos de los que ahora van a ocuparse como defensores del pueblo: discriminaciones, atropellos, "desfases" de libertades y derechos.
Y también a partir del mismo enfoque me atrevo a pensar que las preocupaciones de la ciudadanía se atenderían con más pasión y acierto si la clase política además de saberlas las padeciera; que nuestros problemas se resolverían antes y mejor si nuestros dirigentes tuvieran de los mismos un conocimiento práctico, si de verdad hubieran pasado por ahí o estuvieran en ello. Y así imagino alegremente que algunos archivos se ventilarían si, por ejemplo, sólo pudiera ser nombrado responsable de vivienda quien estuviera bregando por un piso. O si los cargos públicos se atribuyeran como tantos empleos precarios; y los Consejeros, pongamos por caso, se contrataran por horas, y no estuvieran nunca seguros de continuar en sus funciones al día siguiente, o de llegar a fin de mes.
Me permito insistir en esta idea -tal vez sólo calenturienta, como de temporada- y aplicarla a otro de los temas de actualidad. Al empeño rebrotado, rejuvenecido últimamente, de los jerarcas católicos en decirle a todo el mundo lo que tiene que hacer; o lo que está bien o mal hecho en materia civil y de costumbres. Como si ellos realmente lo supieran. Porque, vamos a ver, (y sin desdeñar otros argumentos de oposición como la inaceptable injerencia vaticana en la vida política de un Estado aconfesional; o lo retrógrado rayano en lo inconstitucional de sus mensajes más recientes), ¿con qué autoridad práctica hablan los curas católicos, desde qué conocimiento contrastado se pronuncian en temas como el matrimonio, la adopción, la (homo)sexualidad o el papel público y privado de las mujeres?
Quien nunca se ha casado, ¿qué idea convincente puede tener del matrimonio? Quien se destina al celibato, qué comprensión puede aducir del deseo y de las relaciones sexuales. Cómo sabe quien voluntariamente se ha negado a formar una familia lo que le conviene o no a un hogar; lo que es bueno o malo para los hijos que nunca ha criado. Con qué solvencia quienes jamás han convivido con una mujer pueden definir la "función" femenina en la pareja; o valorar el puesto social de las mujeres quienes les han negado cualquier participación igualitaria en su iglesia.
Insisto en que no me opongo, sino al contrario, a las críticas vertidas estos días contra la peculiar traducción vaticana de la Carta de Derechos Humanos. Sólo quiero sumarme a ellas con esta objeción principal: la Iglesia católica es, en estas materias reservadas, perfectamente incompetente. Y hay que desoírla porque le falta lo primero que le exigimos a cualquier profesional: la experiencia práctica, la soltura sobre el terreno. El más elemental hábito.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2004