Javier Conde nunca había actuado en Santander. Este año lo ha hecho por partida doble, quizá para recuperar tardes perdidas. Entrado en la feria por la puerta de la sustitución, su actuación no fue brillante. Esto se lo hicieron saber desde los tendidos. Hasta los que lo aplauden todo se lo hicieron saber.
El primero se le suicidió. De salida se fue a por el primer burladero que vio. Del topetazo perdió el pitón derecho. De estampida llegó al burladero de matadores. Tal fue el topetazo que murió en el acto. Los responsables harían bien para evitar dudas mandar a analizar las vísceras del animal. El bis, un buen mozo, noble y con poder, se empleó en varas, con clase, derribando. Dejó a las claras poseer un pitón izquierdo de dulce. La inhibición, desidia y desgana mostradas por el diestro malagueño le valieron una bronca importante. De sinvergüenza y cara dura para arriba le dijeron. "Sólo has venido a cobrar, ladrón", le vocearon desde la grada del dos. Para colmo por segundo le toca un pregonao. ¿Qué puede hacer uno que va de artista con un pregonao? El ridículo más absoluto.
Sierra, Albarreal / Conde, Barrera, Castella
Toros de Concha y Sierra y de Albarreal, desiguales de presentación, descastados, nobles y flojos; el 1º, se mató contra un burladero; sobrero, del mismo hierro. Javier Conde: pinchazo y bajonazo (bronca); pinchazo y media estocada caída (bronca). Antonio Barrera: estocada (oreja); estocada contraria (dos orejas). Sebastián Castella: dos pinchazos y estocada (ovación y saludos); dos pinchazos -aviso-, dos pinchazos y media estocada (palmas). Plaza de Santander, 7 de agosto. Corrida de la Beneficencia. Algo más de media entrada.
Antonio Barrera en su primero dibujó con temple y gusto un ramillete de verónicas que abrochó con la obligada media. Fue la nota artística de la tarde. La faena fue otra cosa. Dando trapazos de tirón para levantar al animalito se tiró el tiempo. Ante un inválido, lo mejor el encimismo. Su segundo, además de santo era tonto. Largó pases por docenas fuera de cacho y con el pico por bandera. Menos torear hizo de todo. El recurso del encimismo le abrió la puerta grande.
Sebastián Castella estuvo voluntarioso pero vulgar. Sin sitio, sin mando, sin ajuste. Terminó aburriendo. A pesar de todo le musicaron las faenas. Arrastrado el último de la tarde la gente se puso en pie para esperar la salida de Javier Conde. Le iban a decir cuatro cosas. Las tuvieron que escuchar los miembros de su cuadrilla. El artista, se supone que con permiso, había abandonado por la puerta trasera el coso santanderino.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 2004