Supongo yo que el glamour, como el gazpacho, son cosas subjetivas de valorar. Soy subjetiva, mucho, cuando aprecio la excéntrica elegancia de la distancia de seguridad al volante, sin competiciones; la garra del trabajo bien hecho, a pesar de condiciones difíciles; el encanto nada discreto de la amabilidad, gratuita, sin concesiones, de quien sonríe a desconocidos. Hay glamour y charme más allá de las revistas de moda: en cada adolescente que decide ser feliz con una nariz, unos calcetines o una vida fuera de normas glamourosas, en quien disfruta la juventud de cualquier edad lejos de elixires o bisturíes y cerca, muy cerca, del prójimo. La elegancia no se puede tipificar, y se encuentra a patadas en muchas actitudes de quienes viven a pie de calle. Menos mal que nunca será fotografiable, porque en ese caso se le haría un book y empezaría a cotizar en algún mercado que no sería de valores.
Mientras, los que sí se fotografían son Berlusconi y las ministras españolas con pañuelos y cosas así. Nosotros, a lo nuestro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de agosto de 2004