Los parroquianos de un café de Santa Ana, ciudad provinciana de un país indeterminado, tienen un único tema de conversación: la masacre que se llevó por delante a una familia muy respetada de la comunidad. Del atroz asesinato múltiple, sólo sobrevivió la pequeña de los cinco hermanos, que señala a un hijo adoptivo de la familia como instigador del crimen. Es el punto de partida de la novela El hijo de la casa (Roca Editorial), de Dante Liano (Chimaltenango, Guatemala, 1948), en realidad un suceso real. El libro se adentra luego en un mundo de violencia siempre al acecho. "Llevo 20 años con este manuscrito. La primera versión me salió mal. Tenía que saber más de la vida y del lenguaje para explicar esta historia. Buscaba decir algo que no se puede decir. El núcleo de la novela es la ambigüedad", explicó Liano en la presentación en Barcelona de la obra, en la que también participó el escritor Luis Sepúlveda, amigo del autor. El hijo de la casa, cuarta novela de Dante Liano, fue finalista en 2002 del Premio Herralde.
El libro es un ágil encadenamiento, marcado por la oralidad, de las distintas interpretaciones que los habituales del bar de Santa Ana dan al terrible homicidio. Aunque nadie duda de la culpabilidad del acusado, todos tienen algo que matizar al respecto. "No hay mejor lugar que un bar para comentar la vida. En el café de Santa Ana se cuentan una y otra vez el crimen, buscando una explicación a lo sucedido. Todos tratan de saber por qué alguien mata a otro", comentó Sepúlveda. Y añadió: "Esta novela es una reflexión sobre la condición humana y una crítica a la historia oficial. Es, además, uno de los libros que mejor retratan el miedo".
Un médico forense desencantado, un comisario complaciente con el poder al que se le va la mano con demasiada facilidad, un anciano que confía en la justicia divina y un embelesado boxeador que se implica estúpidamente en el crimen son algunos de los personajes destacados de la intriga. "Las mentiras de los poderosos tienen un papel primordial en la novela. Liano pinta un poder que no conoce la moral, ni la inhibición, ni el respeto", dijo Sepúlveda.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 24 de agosto de 2004