Sin mayores pretensiones didácticas, con frecuencia enojosas, el festival derrama en la capital y en los rincones de Cantabria una volandera historia hecha de sonidos. Así, junto a estrenos de partituras compuestas recientemente aparecen las viejas músicas jacobeas, los libros de peregrinos o los códices con ejemplos de primitiva polifonía: El Calixtino de Santiago, Las Huelgas de Burgos y el Llibre Vermell de Montserrat. También los cancioneros renacentistas -Medinaceli, Palacio o la Colombina-.
Todos ellos contienen música que fue viva y cumplió una función social y que por tanto puede revivir en las voces e instrumentos de un grupo tan admirable como el Colectivo Dufay, creado en 1987 para el cultivo del arte musical de la Edad Media.
Cinco profesores cantan y tañen instrumentos que parecen arrancados de las relaciones del Arcipreste: largas trompetas, flautas dulces, chirimías, zanfonas, gaitas, arpas de mano y percusiones varias. Tiene esta música enraizada en diversas culturas algo de rito y de creencia y mucho de vida y de narración.
Canta Vivian Ellis llanamente y sin vibrato, envuelta en la magia de sonidos tan plásticos como las capitulares de los libros de coro. En conjunto, una larga lección acerca del devenir de la música antigua investigada y expuesta por Paul Bevan, Giles Lewin, William Lyons y Peter Skuce que vale por la renovación de unas emociones que parecían archivadas en la historia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de agosto de 2004