Sobrevivimos a diario entre un cúmulo de contradicciones: lo legal frente a lo justo; el tener frente al ser; mis derechos chirriando al rozarse con los del vecino; la estulticia y prepotencia del triunfador frente a la tolerancia y saber del desfavorecido; la comodidad frente al consumo acelerado de recursos naturales para vivir en un planeta cada vez más incómodo; la indignación por los abusos frente al olvido de las víctimas, etcétera.
Pero existe una de esas contradicciones que se dan de tanto en tanto con las que es imposible convivir. Todos sabemos que la infancia es territorio sagrado a proteger. Cuando se vulnera la última frontera y ocurren casos tan detestables como el de la matanza en un colegio, la pregunta ya no es quién fue el culpable, que también. La pregunta importante es: ¿qué nos está ocurriendo?
Esperemos no acabar diciendo como Kurtz, el personaje de la novela de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas: "¡El horror! ¡El horror!", instalados en la más absoluta de las impotencias y desesperanzas ante la barbarie humana.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de septiembre de 2004