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COLUMNA

Literatura rusa

El mismo día en que asisto a un claustro en mi instituto, en donde se tomarán todas las disposiciones precisas sobre el inicio de este curso escolar, recorro el periódico y leo que la mayoría de los rehenes adultos de Beslán fueron acribillados en el aula de Literatura Rusa del colegio. Cuántas veces los alumnos no se habrían distraído con las acrobacias de las moscas en esa misma habitación, cuántas no habrían pensado en la hora del recreo y el chocolate o habrían añorado a una novia de rodillas hinchadas mientras un anciano con anteojos les recitaba estrofas de Pushkin. Y, sí, los versos con que Pushkin describía cómo Lensky, el amigo de Eugenio Óneguin, caía sobre la nieve con el cráneo descerrajado, o aquellos otros en que Maiakovski quería llevar la revolución al centro de los nervios, o los sedientos versos en que Marina Tsvietáieva añoraba una patria, todos esas bandadas de palabras aéreas y hermosas como jilgueros habrían aleteado mañanas y mañanas por la penumbra de la sala para encontrar cobijo, quizá, en el oído de alguno de los adolescentes alineados en los pupitres. Y quizá, se me ocurre, el profesor de Literatura Rusa volviera a casa arrastrando los pies y con dolor de cabeza, viendo ultrajado su amor al verbo por la indiferencia de esa chiquillería que sólo piensa en camisetas e ídolos de papel plastificado. Tal vez ese profesor se diga que su labor de enseñanza no sirve para nada, que está tan harto de malgastar saliva y entusiasmo delante de las bancas como lo está este otro profesor de filosofía de Andalucía que acaba de salir de un claustro y lee los sucesos acaecidos en ese mismo aula donde el otro ha sufrido. Y sin embargo, se equivoca: sus clases de Literatura Rusa son valiosas como corazas.

Al principio me pregunté si habría mediado premeditación en la elección de aquel escenario para la carnicería, la clase de Literatura Rusa. Llegué a la conclusión de que sí: los retratos de Tolstói y Dostoievski, que pendían de los muros, fueron testigos de cómo las balas hundían las obras de sus vidas en una ciénaga de odio y estupidez. De algún modo, los terroristas buscaban con su gesto tachar, conculcar y desteñir los esfuerzos de todos quienes alguna vez han creído que la palabra sirve para tender puentes y redimir a sus congéneres, aunque esa salvación signifique sólo eludir el tedio de una tarde de agosto. Es por esto por lo que el trabajo de mi profesor de Literatura Rusa con anteojos resulta tan crucial, por lo que la labor de todos los profesores de la Tierra vale por una redención: porque el único medio de detener los fusiles está en la palabra, y las palabras están depositadas en los libros. A veces, recitar en aulas en que jóvenes picoteados de acné se dejan arrastrar por los bostezos puede recordarnos la gota que golpea monótonamente el lecho de una caverna, sin resultado aparente: pero de ese proceso de zapa y dragado dependen las estalagmitas del futuro. En cuanto a mí, seguiré este curso declamando también los parlamentos de Sócrates frente a un público que prefiere el viento en los pinares; porque la única esperanza que nos resta es esa, repetir y repetir hasta que algo quede, hasta que las palabras sean lo suficientemente sólidas para resistir el plomo y la ceguera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2004