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Crónica:VUELTA 2004 | Beltrán, nuevo líder

Menchov brilla en Morella

El ruso del Illes Balears ataca en la última cuesta y deja clavados a todos

La barba, los pelos, las uñas son detalles que delatan a un ciclista. Induráin siempre iba al peluquero la víspera del Tour. Llegaba a Francia con un corte limpio, corto. Las greñas eran cosa de los que iban sin ilusiones, fuerzas o ganas. O la barba de dos días. El desaliño de las uñas. Antes que la mirada triste, la incomodidad de su postura sobre la bicicleta, en la salida de Zaragoza, Santi Botero era un rostro sin afeitar, una barba ya cerrada, un ciclista que no llegará muy lejos. "Tuvimos una intoxicación en el hotel", dijo, lento y bajo; "la carne no debía de estar muy bien. Estamos afectados cuatro compañeros. Y eso que era un hotel de cinco estrellas...". Entre los afectados, no lo quiere decir Botero, no quiere delatar al mejor de su equipo, al kazajo albino que pensaba ganar la Vuelta, estaba Vinokurov. Botero y un par de alemanes del equipo se retiraron a mitad de etapa. Vinokurov aguantó lo que pudo. Perdió 20 minutos. Un favorito menos antes de la montaña.

Todos desaparecieron, engullidos, detrás del cosaco, que ya ha fichado por el Rabobank

A José Miguel Echávarri sólo le delata el gesto. El cambio de expresión súbito, inesperado, cuando exclama: "Menchov va a ganar el Tour". No lo ganará con él, en su equipo, en el ambiente que crió a Delgado, a Induráin. Menchov es su Denis, el jovencito triste y lánguido, el jersey de cuello alto gris marengo en una estación de autobuses de Lille, la mirada penetrante e inteligente, que llevó de Rusia a Pamplona hace siete años. Menchov era su ruso, el marido de Nadia, el padre de Iván, pamplonés, la cabeza de su proyecto, el corredor que aseguraba la continuidad de su ilusión, a medias con Mancebo, esperando el crecimiento del otro ruso, de Karpets. La cadena no debe detenerse, nunca debe romperse. Dos días antes de la Vuelta, Menchov fichó por el Rabobank. Y dijo: "Que nadie se preocupe. Voy a ser profesional hasta el final".

Ante la tele, Echávarri, el padre que empezó a ver detalles de campeón en el chaval ruso tan serio, tan concentrado, que enseguida detectó su inteligencia inhabitual, su concentración, su gusto por la soledad, su cabeza, su alma de cosaco, ferozmente individual, esteparia, disfrutó ayer viendo que no se había equivocado apenas en su visión, en su profecía, jalonada por pequeños pasos, seguros, algunos triunfos, el Tour del Porvenir, algunos detalles -victoria en el mont Ventoux una Dauphiné, maillot blanco en el Tour de 2003-, una progresión imparable este año, en la París-Niza, en la Vuelta al País Vasco, frenada ligeramente por su caída en Waterloo en el Tour. Este año, a los 26, debuta en la Vuelta. "¡Qué inteligencia!, dijo Echávarri, admirado, como siempre, de la mentalidad fija, inalienable, de su ruso: "¡cómo ha manejado el final!". ¡Qué lástima! ¡Qué fuerza en la hermosa y terrible Morella!

Los del Liberty cenaron en el mismo hotel que Botero y sus compañeros, el mismo menú -ensalada, pasta, bistec-. A ninguno, al parecer, le sentó mal la cena. A Nozal, enorme, seguro que no; a Heras, algo más apagado en su pueblo favorito, quizás un poco. Heras, como Valverde, el deseado, el esperado, anduvieron un poco por debajo de su fama en una llegada que fue puro frenesí.

Frenético se puso el Comunidad Valenciana -antiguo Kelme-, la banda de Valverde, en cuanto la sobria estepa de Teruel dejó paso al verdor del Maestrazgo. Era el puerto de Torremiró, un segunda corto y duro, la primera subida buena de la Vuelta. El puerto de la tortura de Vinokurov -y de Sevilla, que mostró su falta de ritmo-, el puerto de los impacientes, de los que querían comerse el mundo a bocados, de los empachados, del inquieto y tremendo Aitor González, de Perdiguero, de Cunego, favorito en las apuestas; de Di Luca, de Luis Pérez, de Piepoli, de Cioni, de Cunego otra vez... Hasta que los de Valverde -Quesada y Eladio- impusieron su ritmo, la cordura, la aceleración que debería aniquilar a la oposición, que fue fatal para su Valverde.

Después del descenso, lento, vendaval de frente, abanicos cuesta abajo, a la derecha, en ángulo agudo que obliga a frenar y a partir de cero, comienza la subida a la vieja Morella, la de las murallas y las calles de piedra. Al escaparate que esperaba a los de la hermosa potencia, a los llamados ciclistas explosivos, los de arrancada de pura sangre. Quim Rodríguez y Aitor, otra vez, atacan de lejos, a dos kilómetros de la llegada. En fila, detrás, resoplan todos al ritmo de Nozal, que conduce a los perseguidores. De ellos aceleró Carlos Sastre y de su sombra, inteligente, fuerte, demarró Menchov. Ni Valverde, ni Piepoli, ni Aitor, ni nadie. Todos desaparecieron, engullidos, detrás del ruso, del cosaco, que, soberbio, proclamó: "Vivo en Pamplona y estoy muy a gusto en Pamplona, pero soy ruso. Nací ruso y sigo siendo ruso".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2004