Todo el mundo ha sentido alguna vez que el barco se le iba, que se quedaba para siempre en la tierra oscura de los abandonados, ese mundo cautivo en el que los sueños nunca tienen razón y donde sólo es posible una vida sin quizás y sin después que, con el paso de los años, terminará por convertirse nada más que en el primer tomo de la obra de la muerte. Y por eso, porque la vida nos ata, nos llena de abreviaturas y nos obliga a darnos cuenta de que el ancla no es una parte del barco sino lo contrario del barco, es por lo que ayer volvió a estrenarse en el teatro Español, y bajo la dirección de Miguel Narros, la obra de Federico García Lorca Doña Rosita la soltera.
La soledad no respeta las leyes del espacio, el tiempo o la cantidad; no está relacionada con el volumen del sitio en el que estés, la época en que vivas o el número de personas que te rodeen. La soledad es una plaga del corazón, sus langostas sombrías devoran sin piedad las cosechas de la razón y las del alma, y sólo pueden exterminarse de una forma: arrancándose el corazón a medio comer y cambiándolo por uno nuevo. Pocos se atreven y, en consecuencia, muy pocos lo consiguen. Al principio del primer acto de Doña Rosita la soltera, a la desdichada protagonista del drama de Lorca, escrito en 1935, la deja en Granada un primo con el que está comprometida y que, de pronto, debe viajar a Tucumán, para encargarse de la hacienda de su padre. Pero no hay problema, porque junto la mala noticia el muchacho le entrega a su novia un juramento: volverá pronto y para siempre. En el segundo acto, ya han pasado 15 años y el veneno de la espera está matando a Rosita, pero entonces llega una carta del enamorado: en unas semanas, enviará unos documentos para que puedan casarse por poderes, cada uno a un lado del océano y con un padrino haciendo el papel de novio. Y, otra vez, junto con la proposición va una promesa: dentro de muy poco, él volverá a España para reunirse con su mujer. En el tercer y último acto, ya han pasado otros 10 años y muy pronto sabemos que el pretendiente nunca llegará, como tampoco llegaron los documentos matrimoniales, y que se ha casado en la Argentina con la hija de un potentado. Y que Rosita estaba enterada, aunque fingió que no podía ser; que se trataba de un error; que las evidencias no eran lo que suelen ser: los afluentes de la verdad. Pero no le sirve de mucho porque, como le suele suceder a todos los que se mienten para poder creer más en sus esperanzas que en los hechos, Rosita no sólo resulta aniquilada, sino que se convierte en cómplice de su propia destrucción. En la pequeña Granada de 1900 todo era público porque nada podía ser invisible, de manera que las solteronas y solterones de la época, como lo es uno de los personajes subordinados de Doña Rosita la soltera, el maestro don Martín, eran víctimas conocidas de todos y compadecidas por casi todos. Víctimas y casi culpables a sus propios ojos, como que si ser abandonado fuese un acto ignominioso o convirtiera en alimañas a los heridos, igual que se convierte en una bestia monstruosa aquel al que muerde un hombre-lobo; y por eso Rosita no quiere ver a nadie, para no tener que oír lo que dice otro de los personajes de la obra: "Las mujeres sin novio están pochas, recocidas y... ¡todas están rabiadas!". Qué humillación.
En una ciudad como el Madrid del siglo XXI, los solitarios tienden a pasar inadvertidos para la mayoría y en medio de la inmensidad, pero ahí siguen y son muchos, sólo hace falta abrir el periódico para ver los anuncios de agencias matrimoniales; negocios de contactos o clubes de solteros que buscan pareja a los que no la tienen; direcciones de Internet que ayudan a relacionarse, le siguen el rastro a un antiguo amor perdido o promueven las citas a ciegas; videntes que juran ser capaces de encontrar en las líneas de la mano los caminos de un porvenir sentimental o líneas de teléfono que ponen en contacto a grupos de personas que tal vez, a base de hablar, se vayan estrechando hasta transformarse en una pareja. ¡Oh abandonados!, como decía Neruda en uno de sus poemas de Residencia en la tierra.
Merece la pena ir a ese hermoso teatro municipal que es el Español, volver a ver la obra de Lorca y recordar a cuántas personas conocemos que nunca han podido decirle a nadie al oído la palabra "nosotros". La soledad, ese sinónimo del hielo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2004