El presidente Putin ha acusado a algunos gobiernos y medios de comunicación occidentales de practicar una política de doble rasero sobre Chechenia, al tiempo que insiste en que Rusia es blanco del terrorismo internacional y de la connivencia de varias naciones que no menciona. Mala cosa cuando hay señales preocupantes de desinformación, censura, amenazas y hasta mentiras de las autoridades moscovitas en lo que respecta a la matanza de la escuela de Beslán. A día de hoy, poco se ha esclarecido sobre el salvaje y condenable atentado. El saldo final podría ser todavía muy superior al de 366 víctimas, incluida la treintena de miembros del comando terrorista.
No hay indicios claros de que se vaya a abrir una investigación oficial. El informe del fiscal general de la Federación Rusa es ambiguo. No habla de la identidad de los secuestradores ni establece ningún vínculo entre la tragedia de Osetia del Norte y Chechenia. Todo ello pese a que el Kremlin ha ofrecido una recompensa de 10 millones de dólares por las cabezas del jefe de la guerrilla chechena, Basáyev, y del ex presidente secesionista, Masjádov, que ha condenado la acción.
Este atentado ha agudizado los atropellos contra las libertades en Rusia, donde los medios de comunicación públicos y privados están cada vez más maniatados. Las cadenas de televisión estuvieron sometidas a censura tras el asalto del pasado día 3 y quienes, como el director del diario Izvestia, trataron de hacer una información crítica se encontraron con el despido. A otros se les impidió con excusas viajar hasta el lugar. Tampoco son tranquilizadores gestos alarmistas como el del alcalde de Moscú, que pide restricciones a la entrada de forasteros a la capital, o los llamamientos a la caza del checheno. Varias organizaciones humanitarias expresaron ayer su preocupación por el recorte de libertades.
Putin habla de proseguir "la guerra contra el terrorismo" y su jefe de Estado Mayor afirma que Rusia está preparada para emprender ataques preventivos contra redes terroristas fuera de sus fronteras. Son señales confusas de un político que cuando llegó al poder en 1999 destacaba por su capacidad de liderazgo, pero que cinco años después aparece sin capacidad para resolver el problema de los nacionalismos si no es con el recurso ya utilizado sin éxito de la fuerza militar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2004