Beodos y felices cantaban los hinchas escoceses su himno, cuando se inician los compases de nuestra Marcha Real, bien conocida por mí desde mi tierna infancia, porque si no apagaba la radio raudo y veloz tras el parte de las dos y media mi padre me echaba una bronca enorme. Y suena esa marcha y resulta heroico cómo la cantan los hinchas españoles, "lara, lara, tralararará...", blandiendo sus bufandas. Aquí estamos nosotros, con esa letra de tan amplia interpretación que hasta los pájaros la entienden. Al partido le puso punto final un rayo, de lo malo que era.
Tenemos un himno de tan amplia interpretación como el Título VIII de nuestra Constitución, que, en plena brega reformadora de los estatutos, cualquiera lo interpreta de cualquier forma, amén de la famosa disposición final, de la que se pueden sacar cualquier tipo de conclusión, como que todo el resto del articulado está supeditado a los derechos históricos. Sin ir tan lejos, menuda tarea tiene Zapatero, y sobre todo Jordi Sevilla, que, aterrizando, en la realidad ya ha avisado que existe muy poco margen para ampliar los estatutos de autonomía. Pero ya que nos hemos metidos en esta brega a impulso o empujones de Ibarretxe, que lo que quiere no es un estatuto sino una constitución, y de Maragall, ¿por qué no se le pone letra de una vez a ese Título VIII (al himno lo veo más difícil), y empezamos a ser una nación articulada? Una nación, y no un proceso de confederación taifeña en la que, cuando se toca el himno, unos cantan Els segadors, otros el Gora ta Gora, y así sucesivamente. Porque, aunque la nación no tenga letra, las autonomías sí, y algunas cantadas hasta con chovinismo.
Ya conocen ustedes mi admiración por Francia, actitud en otros tiempos de mal español, que es lo que nos toca ser a los heterodoxos. Pero me han entusiasmado la unidad nacional y los valores de la Republique asumidos por el otras veces impresentable Chirac ante la crisis que ha supuesto el secuestro de los dos periodistas en Irak y que ha arrastrado en una gran movilización patriótica a toda la ciudadanía, incluida la comunidad musulmana. ¿Verdad que es para querer ser francés? A pesar de que comen a las doce, de que el vino asequible es allí vinagre y te cobran por ir al retrete, ¿verdad que son una nación? Y si logran rescatar a los periodistas será para quitarse el chapeau.
Cabe pensar que el problema suscitado por las más voraces autonomías no es un problema sólo surgido de ellas, sino de la España mal articulada como nación. O se ponen reglas y marcos de encuentro federales -porque el hecho autonómico es irreversible- o todas las energías se nos van a escapar ante las demandas de los nacionalistas y el bramar por otro lado de Rodríguez Ibarra y los andaluces, que ven cómo les va a afectar el descuartizamiento reivindicado. Y se puede hacer, a pesar de las apariencias, con tranquilidad.
Porque lo más explosivo de todo, el plan Ibarretxe, ya no cuenta con el elemento necesario que en momentos determinados le hacía creíble. Ibarretxe podía defender su proyecto haciendo ver que el grave trauma de la secesión aliviaba otro mayor, que era el de la violencia terrorista. En estos momentos no estamos tan traumatizados por ETA, aunque, siendo realistas, siempre iba a ser mayor el trauma de la secesión que el de la violencia; entre otras razones, porque lo primero no iba a hacer desaparecer lo segundo, más bien lo contrario.
Hagamos con paciencia los deberes y cerremos la Constitución, que no hay Estado moderno digno de tal nombre con el agujero interpretativo y abierto a casi todas las hipótesis de futuro que es el Título VIII. Cerrémoslo y tengamos una nación federal, porque si no tendrán todos los alicientes algunas autonomías para crear la suya particular ante la debilidad del Estado. Ya han pasado veinticinco años, ya somos mayorcitos en lo de la democracia. No estamos en 1978 ni tenemos que cerrar deprisa y corriendo un consenso constitucional con muchos agujeros ante unl pasado que todavía amenazaba. Cerrémoslo ahora hacia el futuro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2004