Dicen que Jung se encontraba paseando por la orilla del lago Constanza el 1 de abril, día dedicado al famoso pez (Poisson d'Avril, equivalente al monigote de los Inocentes) y, casi evocado por esa fecha, un pez salió fuera del agua justo bajo sus ojos. Al poco rato, mientras proseguía su paseo, se encontró con un viejo amigo, un tal Fish. Tres acontecimientos, tres situaciones, todas relacionadas con el pez y todas aparentemente casuales, se dieron en el mismo lugar, en pocos minutos. Era algo más que una casualidad: el principio de sincronicismo, postulado por Jung, los había hecho converger precisamente en ese lugar y en ese justo momento.
Yo, por mi parte, puedo dar fe -como tantos otros- de esas ocasiones en las que uno va pensando en un amigo al que hace tiempo que no ve, y de pronto el susodicho se materializa milagrosamente dando la vuelta a la esquina, como si tal cosa.
El principio de sincronicismo resulta inquietante al no conocerse los mecanismos que lo rigen. Pero lo peor de todo es que es posible que no nos demos cuenta de cuándo está ocurriendo. Imagínese: usted está viendo un programa sobre la reina Isabel y lady Di, y le llama su tía Isabel, que precisamente tiene una hija que se llama Diana, y un marido que se llama Fernando, que tanto monta, monta tanto. Justo hoy es el día de santa Isabel y usted felicita a su tía, y después su tía le dice que ella cumple los años el mismo día que la reina, cosa que suena muy sincrónica, y que su hija Diana muy bien, gracias, y que a ver si está usted viendo el reportaje sobre la familia real inglesa. Entre que esta conversación se desarrolla el café hierve, el lavabo para el afeitado se desborda, y, por si fuera poco, rompe a llover torrencialmente en el oscuro patio vecinal.
Las tías no saben nada de sincronicismos -quizás tampoco de sincronías- y a usted le duele la oreja que aprieta contra el auricular. La evidencia salta a los ojos: lo mismo que Newton es el culpable de la ley de la gravedad, Jung es el culpable de que le llame su tía. Por fin, tras una charla de quince minutos, le explica usted a su tía que está esperando una llamada importante.
Cuando la tía Isabel cuelga, ya no hay reportaje sobre la reina Isabel, ni Diana, y el pez de Jung ha metido de nuevo su cabeza bajo el agua, pero entonces vuelve a sonar el ring-ring, en el preciso instante en el que usted se ha sentado en el trono de su cuarto de baño para aliviar un apretón, y la madre que los parió a todos. Para colmo, cuando descuelga el teléfono, ya han colgado. Eso es Sincronicismo con mayúscula, y lo demás son tonterías.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de septiembre de 2004