En teoría, la prohibición de signos religiosos afecta por igual a cristianos, judíos o musulmanes. Pero en Francia esta norma no tiene las mismas consecuencias para todos.
Prohibir las cruces y las kippas puede plantear molestias a los alumnos que iban a las escuelas públicas y exige un sacrificio económico a las familias, pero no les impide continuar con la escolaridad: la Iglesia católica o la comunidad judía han desarrollado una red de escuelas privadas. De modo que
al alumno supuestamente impedido de acudir a la escuela pública del barrio (que es el sistema corriente de escolaridad) le queda el escape del centro privado: la solución es más cara y el nuevo colegio probablemente estará más alejado de casa, pero existe para quien puede pagarlo.
Por el contrario, la adolescente musulmana expulsada de la escuela pública prácticamente no tiene más opción que irse a casa. Lo cual conduce al casi seguro abandono de la escolaridad, pese a que ese instrumento es el único "ascensor social" a su alcance.
La comunidad musulmana en Francia, muy numerosa, pero pobre y desorganizada, no dispone de una red de escuelas privadas: sólo existen embriones muy aislados. Y aunque llegaran a desarrollarse, a impulsos de la islamización defendida desde algunos sectores musulmanes, ni siquiera es evidente que esté guiada por la preocupación esencial de escolarizar a las mujeres.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de septiembre de 2004