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COLUMNA

Vitalidad o impotencia

Los partidos, todos sin excepción, son asociaciones internamente conflictivas. No ocasionalmente conflictivas, sino constitutivamente conflictivas. Por ello la norma de convivencia partidaria no es la paz sino el conflicto.

Para poder competir por alcanzar el poder en el Estado hay que competir previamente por alcanzar el poder en el interior del partido. El enfrentamiento intrapartidario es el presupuesto inexcusable del enfrentamiento interpartidario. El poder hay que ganarlo dentro para poder intentar después ganarlo fuera.

En un Estado políticamente descentralizado la conflictividad es todavía mayor que en un Estado unitario, ya que la estructura del partido tiene que adaptarse a la del Estado para poder competir con posibilidades de éxito y, como consecuencia de ello, la conflictividad se multiplica. No solamente hay que elegir un secretario general, sino 17 secretarios generales. No solamente hay que hacer listas para las Cortes Generales, sino para 17 parlamentos autonómicos. Y así sucesivamente. Y en momentos temporalmente separados. La lucha por la conquista del poder domina por completo la vida de los partidos, la interna y la exterior, en un proceso que no tiene fin.

Lo que está ocurriendo en Andalucía debería preocupar a la dirección del PP más que lo que ocurre en otras regiones

Hay momentos en los que parece que no es así. Pero son momentos breves marcados por circunstancias excepcionales. Con seguridad que el lector recuerda la famosa frase atribuida a Alfonso Guerra en los ochenta de "el que se mueva no sale en la foto". El PSOE parecía un partido monolítico, perfectamente pacificado. En cuanto se pasaron los efectos de la excepcional victoria electoral del 82, empezó a moverse todo el mundo y empezaron a aparecer barones en todas las regiones en las que los resultados electorales lo permitieron. Y donde los resultados no lo permitieron, como en Madrid o Valencia, los conflictos internos fueron todavía mayores. Para el PSOE la adaptación de la estructura del partido a la estructura del Estado no ha sido fácil. La convivencia de un poder central con 17 poderes subcentrales es siempre complicada. Lo es en el Estado y lo es también en el partido.

El PP ha pretendido sustraerse a esta norma. Ha sido un partido en el que la autoridad del presidente del partido parecía imponerse sin que nadie se atreviera a ponerla en cuestión. Primero fue Manuel Fraga y después José María Aznar. Tras las elecciones de 1996 y 2000 la afirmación de la autoridad del presidente había sido tan intensa que parecía que el partido estaba completamente pacificado. Parecía como si el PP fuera en su estructura interna sustancialmente resistente a la estructura del Estado.

La derrota electoral de 2004 ha puesto fin a esa situación excepcional. El PP ha pasado a ser un partido tan conflictivo como los demás. Y a serlo en todas partes. No hay prácticamente ninguna comunidad autónoma en la que no existan tensiones significativas.

El PP se está convirtiendo en un partido normal. Tiene que entender que ha vivido una situación excepcional, que no puede volver a repetirse. El modelo Fraga-Aznar ha podido servir en un momento fundacional, tras el desbarajuste que se produjo en la derecha española con el hundimiento de UCD. Frente a un partido tan hegémonico como era el PSOE en los años ochenta, la organización autoritaria y fuertemente centralizada de un partido muy pequeño y que disponía de una cuota de poder muy reducida, como era el PP de los ochenta, resultaba funcional. En un partido grande, que ha sido el Gobierno de la nación y que gobierna varias comunidades autónomas y numerosos ayuntamientos, esa organización centralizada y autoritaria ha dejado de serlo. El PP tiene que aprender a arbitrar sus conflictos internos en clave democrática y tiene que adaptar su estructura a la del Estado.

Se trata de su primera experiencia en este terreno. Y se manifiesta con tanta más intensidad cuanto más fuerza tiene. La conflictividad interna es un síntoma de vitalidad del partido. No es una enfermedad, sino todo lo contrario. Lo patológico es que no exista enfrentamiento interno para conquistar el poder.

Por eso es mucho menos patológico lo que está ocurriendo en el PP en Madrid que lo que está ocurriendo en Andalucía. En Madrid hay un enfrentamiento por el poder entre dos pesos pesados del partido. Esto es normal. Mejor dicho, debería ser visto como normal. Se lucha por el poder porque el poder en el interior del Partido Popular se considera que es algo valioso, por lo que vale la pena arriesgarse. Alcanzar el poder en el interior del PP se entiende que puede permitir competir después con posibilidades de éxito por el poder en el Estado o en la comunidad autónoma.

Lo verdaderamente patológico es lo que está ocurriendo en Andalucía. Que después de haber tenido los peores resultados electorales del PP en toda España, se haga frente a la situación reenviando a Javier Arenas como presidente del PP y poniendo como secretario general a quien gestionó esa desastrosa campaña electoral, Juan Ignacio Zoido, resulta literalmente incomprensible. Pero más incomprensible todavía resulta que esa decisión adoptada por la dirección nacional del partido haya sido aceptada por el PP en Andalucía sin que se haya producido la más mínima protesta.

Lo que está ocurriendo en Andalucía debería preocupar a la dirección del PP mucho más que lo que está ocurriendo en las demás comunidades autónomas, con la excepción de Galicia, en la que concurren otras circunstancias agravantes. Los enfrentamientos en Madrid o Valencia plantean problemas, pero son expresión de vitalidad. La ausencia de conflictividad en Andalucía es señal de irrelevancia e impotencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004