Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:XIII BIENAL DE FLAMENCO

La Bienal, luces y sombras

El certamen, que termina hoy, es para la historia -los 25 años, no se olvide- que ha creado toda suerte de debates

Hoy termina la XIII Bienal de Flamenco. Finito. Es la hora de hacer balance, más o menos, de lo que hemos visto. La hora de los ajustes.

En principio la Bienal parece un poco larga. Lo es. Mes y medio -día arriba o abajo- es demasiado. Porque no hay, no quedan espectáculos con un hálito de novedad para llenar todo ese espacio. Hombre, hemos visto que los hay, y más, pero no creemos que la Bienal sea el lugar adecuado para muchos de estos espectáculos, convencionales en exceso, algunos casi con el marchamo de un festival corriente, o incluso recital de peña. Pero entendemos que la Bienal no está para eso.

La Bienal, a nuestro juicio, tiene otra misión bien distinta, y es la de ser un escaparate, la de presentar todo aquello que tenga carácter novedoso, que de una u otra manera ofrezca algo nuevo o distinto, algo que sea sustancialmente diferente. Porque lo ya visto, o lo no visto pero que nada nuevo aporte, difícilmente va a ser asumido por un ciclo como el de la Bienal.

Es el caso, por poner un ejemplo, de Carmen Linares. Tuvo un gran éxito, desde luego, pero todo lo que expuso en su concierto -que fueron dos conciertos en uno, en realidad- era viejo de bastantes años. Cantó muy bien, ¿pero debió estar en la Bienal? A mí, la verdad, me quedan muy serias dudas.

Como me quedan dudas acerca de que debiera ponerse Inmigración, ya vista en Sevilla con anterioridad. Son sólo unos ejemplos. A ellos hay que añadir el gran número de festivales o recitales sin ningún interés nuevo, puesto que los integran uno o varios artistas diciendo su repertorio convencional sin ninguna novedad en ellos.

Otra cosa es aquellas obras decididamente nuevas, en su planteamiento o en su desarrollo. Lo mejor que hemos visto en esta Bienal es, seguramente, Canciones, antes de una guerra, de María Pagés. Una obra redonda, totalmente conseguida, que añade no sólo novedad, sino belleza. Existe una refinada coreografía, que sigue siendo la asignatura pendiente en el flamenco. Y todo tiene un sentido, una coherencia. María Pagés está plena de ideas, de soluciones idóneas para cada momento de la representación. Es ella y todos los demás, pero es una gozada también contemplarla sola bailando, por ejemplo, la Nana de la cebolla de Miguel Hernández, un prodigio de delicadeza y exquisitez que pone un nudo en la garganta del espectador.

Pero es que además hay una labor de grupo de baile excepcional. Son una máquina de precisión, de justeza. Hay que ver a estos muchachos aquí y allá, en el momento en que deben estar y sin que se desvíen ni un milímetro de donde deben. Eso es muy difícil, y sólo se logra con mucho trabajo y mucho ensayo. Y aún así no siempre sale.

A cuatro voces, de Eva Yerbabuena, fue otra interesantísima propuesta. Con versos de Aleixandre, Miguel Hernández, Blas de Otero y García Lorca, Eva Yerbabuena le baila mucho al cante, a las palabras. Miguel Poveda y tres cantaores más ponen mucho de su parte para el buen funcionamiento de la obra, y la obra funciona y se deja ver con gusto.

Israel Galván trajo Arena, una especial corrida de toros hecha a su medida. Es una obra difícil, en la que va más allá de donde el propio Israel ha ido antes nunca. Son seis toros cada uno de los cuales tiene una lidia diferente, muy dispares entre sí. Hay alguno que nos permite ver a un Galván casi clásico, pero otros son ya el colmo de lo irreverente -por decirlo de algún modo-, de lo que nos deja perplejos y sin saber a qué carta quedarnos. Pero a Israel Galván hay que verlo siempre, aunque luego quizás nos pese.

La mujer y el pelele, de Pepa Gamboa, por último, es una obra clara, sencilla, que nos muestra a Isabel Bayón bailando mejor que nunca, desinhibida y sin complejos. Una rara pieza que se ve con mucho gusto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004