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IDA y VUELTA

Chamusquina

La noticia de la concesión del Premio Nobel de Medicina a los biólogos Richard Axel y Linda Buck me pilla en un hospital donde estoy haciendo unas gestiones no traumáticas. Por el auricular de la radio portátil me entero de que el jurado ha querido valorar el trabajo de ambos científicos sobre los fundamentos genéticos del olfato. No es para menos: han descubierto que los humanos somos capaces de definir hasta 10.000 olores. No obstante, me cuesta describir con palabras a qué huele la sala de espera en la que me encuentro. No huele a hospital propiamente dicho, sino a una mezcla de cansancio, esperanza y contención emocional. Durante los dos días posteriores a la concesión del Nobel de Medicina, reflexiono sobre los olores que no consigo definir, impulsado por el recuerdo de aquella frase de anuncio de compresas que preguntaba: "¿A qué huelen las nubes?".

El interrogante podría ampliarse a otras cosas que, en teoría, no son claramente definibles a través del olfato. Las hay que sí lo son, sobre todo en esta ciudad. De noche, por ejemplo, algunas esquinas, portales y rampas de aparcamiento huelen a la orina de los que, gracias a que la autoridad municipal lo permite, mean torrencialmente en la vía pública. Se está convirtiendo en una tradición barcelonesa que nos equipara con los perros, pioneros en el ámbito de la incontinencia impune. Para compensar, no faltan olores reconfortantes. El de la pastelería Mauri, por ejemplo, o el de cualquiera de esas maravillosas tiendas de ropa interior femenina que tan de moda se han puesto y que transpiran efluvios de lujuria potencial.

Entre las cosas que no sabemos cómo huelen está el Premio Nobel. El de literatura se lo han concedido a Elfriede Jelinek, que empezó a ser popular en el mundo no germánico gracias a la traducción que a finales de los ochenta publicó la editora Jacqueline Chambon y que, si no recuerdo mal, fue traducida en España gracias al olfato de Laura Freixas. Pero, sin restarle méritos a nadie, me parece más literario el Nobel de Medicina, que entronca con la larga tradición de nostalgias olfativas que tanto explotan los escritores. O el de Física, que premia una investigación sobre el comportamiento de los quarks y que desvela las leyes de las partículas elementales del núcleo atómico. El Nobel debe de oler a dinero, a prestigio y a envidia, a teléfono que no deja de sonar para recibir felicitaciones.

¿Es de fiar el sentido del olfato? "España huele a pueblo", recuerdo que cantaba Maria Ostiz, y siempre me pregunté a qué pueblo se refería. En aquellos tiempos, Ostiz se convirtió en una especie de anuncio propagandístico del tardofranquismo, primero con esa opinable conclusión olfativa de la canción España, sin ir más lejos, y, más tarde, con la reiterativa y algo cursi Un pueblo es, una letanía psicodélico-patriótica. Ostiz olía a franquismo desarrollista y estuvo casada con un jugador del Real Madrid, Zoco. Eso ya fue suficiente para que los progres la pusieran en su lista negra y la llamaran La Monja de España, un apodo que olía a dogmatismo caricaturesco y que, pese a no responder a una estricta realidad, cuajó en una tierra donde predomina la chamusquina ambiental. Pero Ostiz no se amedrentó y, en 1981, salió al escenario vestida de monja. Lo que ha quedado de ella, sin embargo, no es su sentido del humor en forma de disfraz, sino esa caricatura exagerada de madre de familia numerosa de derechas. Algo parecido ocurre con los olores: nos dan una información que no siempre responde a la naturaleza del sujeto u objeto olido y hacen que los recuerdos tiendan más a la mitificación que la precisión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004