Con gran olfato, el Nobel de Medicina de este año ha sido para el olfato. En una brillante investigación conjunta publicada en 1991, Richard Axel y Linda Buck descifraron cómo funciona el sistema olfativo, hasta aquel momento el más enigmático de los sentidos. Muchísimos genes -nada menos que una familia de un millar de genes- participan en el sentido del olfato, cada uno de ellos especializado en captar una molécula distinta. Durante mucho tiempo no se acertaba a comprender cómo podemos reconocer y recordar unos 10.000 olores distintos.
Al ver que ha sido resuelto el enigma de aquella magdalena de Proust que despertaba recuerdos de infancia en el autor de En busca del tiempo perdido, he pensado que si bien, en flagrante injusticia, Marcel Proust, al igual que Joyce y Borges, nunca tuvo el Nobel de Literatura (no destacaron nunca por su olfato los académicos suecos), tal vez ahora han querido con este premio de Medicina reparar a su manera la antigua infamia. Con el tiempo puede que los grandes autores literarios que ignora la Academia sueca lleguen al Nobel a través de los premios científicos, que parecen contar con jurados con un mayor porcentaje de olfato. Y así el año que viene tal vez tengamos un galardón en Medicina para investigadores de problemas oculares, por ejemplo, y por ese camino Borges y Joyce conozcan el desagravio a tanta torpeza escandinava.
Con la noticia del premio a la investigación sobre el olfato ha vuelto para mí el recuerdo de mi magdalena proustiana, que en mi caso fue y sigue siendo un cacaolat frío en botella de vidrio, mi refresco diario en el patio colegial del paseo de Sant Joan. Y con ese recuerdo ha vuelto también el del Odorama, el cine oloroso, un invento de Mike Todd que duró muy poco, fue un rotundo fracaso. El invento llegó en los años cincuenta al cine Chile, en el paseo de Sant Joan, el cine de mi barrio, hoy un apático aparcamiento que lleva su mismo nombre. Ahí vi la única película (un film policiaco) que utilizó en esos años el procedimiento Odorama, también conocido como Aromarama. Desde una ventanilla lateral un empleado de la sala arrojaba a la platea unos polvillos con el olor de cada uno de los personajes que iban interviniendo en la acción. Los espectadores seguían la pista del asesino por su olor. Pero había un problema en el nuevo sistema cinematográfico inventado. Iban siendo tantos los olores que escalonadamente se incorporaban a la acción que al final nadie detectaba el olor del asesino ni el de nadie, y algunos hasta acababan mareándose con tanta confusión de aromas. Un fracaso absoluto, lo recuerdo bien, como también que hasta los años ochenta no volvió a hablarse -nuevo fracaso- del pestilente Odorama.
El olfato. Lo he ido recuperando desde que hace dos años dejé de fumar. Ahora capto instantáneamente, por mucha que sea la distancia, cualquier cerilla que alguien encienda en un lugar cerrado. He sabido ir en busca del proustiano olfato perdido y lo he recobrado, aunque no tengo nostalgia alguna de los tiempos del Odorama, años de olores pestilentes que al parecer están regresando con fuerza. Basta ver lo que está ocurriendo en literatura. Lo más hediondo siempre regresa, vuelve la rama putrefacta de la literatura anterior a los Borges, Joyce y Proust, esos premios Nobel que nunca lo fueron porque lo merecían demasiado. Hoy el olfato indica a las multinacionales de la edición que vuelven los códigos góticos y la Edad Media. Y eso no puede ser malo, ¿verdad? Tampoco lo era el Odorama. Pero es cierto que algo huele a podrido.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004