En Francia vuelve a resucitar la figura del policía-tutor inventada por el ex ministro Sarkozy. Según han dicho los ministros del Interior y Educación, Villepin y Fillon, se trata de que cada escuela, igual que se puede tener un enfermero o un profesor de piano, disponga de un policía de cabecera. A juicio de las autoridades francesas, la función del policía-tutor tiene que ser el control de los niveles de violencia "estando siempre a la escucha de alumnos que pudieran precisar su ayuda o su consejo. Hay que hablar con los chavales, hablar con ellos de la violencia, escucharles y ayudarles así a vencer el miedo". Este es el meollo de la cosa: según parece y confirman las crónicas desde hace tiempo, ir a la escuela da miedo. Los jóvenes se dan miedo entre sí.
Tenemos suerte de que en España a la ministra San Segundo sólo se le ocurra sugerir -son competencias traspasadas- que se podría abrir las escuelas los fines de semana y durante las vacaciones. Lo cual no quiere decir que los problemas de violencia -cualquier tipo de violencia- no estén presentes entre nuestros escolares, por supuesto también en Cataluña: la evolución de la escuela es global. El Gobierno español trata, con esta propuesta, de "ganar tiempo y espacio" para la práctica educativa. Muchos adultos de buena fe creen aún, como la ministra, que a los chavales les sienta mejor jugar al baloncesto o aprender idiomas que pasarse horas ante la tele o con videojuegos. Mejor maestro el placer que el miedo, viene a decir esta idea. Ojalá tenga fortuna y éxito.
Me temo que, en cualquier caso, aunque esta opción y la del policía-tutor persiguen el loable fin de que los escolares estén a gusto en su escuela, ambas salen por un ojo -o dos- de la cara. Hay que hacer cuentas sobre cuántos maestros o policías hacen falta para atajar la inconfesable realidad de que vivimos en una sociedad enferma de la cultura que genera: eso es lo que ponen ante nuestros ojos estos espeluznantes problemas escolares, que hay que sumar a los crímenes familiares que llueven todos los días.
Hay que hablar de dinero obligatoriamente ya que éste parece ser el único lenguaje que entienden todos aquellos que asumen responsabilidades (democráticas) colectivas. ¿No saldría, a fin de cuentas, más barato tratar de evitar -en el origen- estas patologías sociales? Es cierto que los chavales han sido siempre crueles, pero es que hoy pueden matarse entre ellos -el caso de Estados Unidos es el más llamativo- o decidir suicidarse, como sugieren preocupantes estadísticas. Decir que el ser humano es malvado y poner policías en la escuela es colocarse una venda ante los ojos si alguna vez hemos confiado, precisamente, en la educación. Aquí falla la socialización, amigos, y el modelo de vida hace agua por todas partes.
No hay quien agarre ese toro por los cuernos. Bastaría, para empezar, con reconocer que padres y maestros suman cero frente a la potente socialización tecnológico-mediática proveedora de hábitos, costumbres, pensamientos y modelos. Sería bueno comparar -y volver a hacer cuentas- lo que nos cuesta la seguridad mínima: en España, ahora mismo, de acuerdo con datos de la Asociación Profesional de Compañías de Seguridad corroborados por los sindicatos, hay más de 88.000 policías privados. La Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía, juntos, suman unos 120.000 agentes. ¿Por qué tenemos tanto miedo? ¿Por qué hemos construido un mundo tan inseguro? ¿Podemos pagar un planeta que necesita de un tercer sexo: el de los guardaespaldas? ¿Qué mentes obscenas y cuántos inconscientes colaboran a que la autodefensa sea la necesidad máxima?
La escalada del miedo, cuando afecta a los jóvenes, debería dar más miedo que cualquier otra barbaridad. Los síntomas están ahí. A este paso, hasta puede llegar el día en que en las escuelas no haya maestros, sino sólo policías y guardaespaldas para atender a nuestros imposibles hijos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004