Hace algunos años, un filósofo francés nacido, al igual que Derrida, en el norte de África (Louis Althusser) polemizaba con el inglés John Lewis y escribió: "La historia es un proceso sin sujeto ni fines". Jacques Derrida hubiera podido suscribir la afirmación de su compañero de generación y aulas, porque buena parte de su obra se enmarca en esa corriente nacida a mediados de los sesenta y que, entonces, se llamó "estructuralismo", cuyo resultado último es la negación del sujeto. El estructuralismo, que tomaba como punto de partida el Curso de lingüística general, de Ferdinand de Saussure, extrapolaba las propuestas hechas para la comprensión del habla a otras formas de saber. Todo pasaba a ser elemento en relación a otros elementos. La estructura, pues, se convertía en la piedra angular de la comprensión.
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Quizás es una broma histórica que Saussure no fuera, directamente, el autor del libro que inspiró el movimiento estructuralista. El Curso fue elaborado a partir de notas tomadas por sus discípulos, de modo que, al fin, se convertía, incluso por su origen, en una metáfora de su propia propuesta: el libro sin autor real. Derrida podría añadir que la escritura es eso: un discurso sin sujeto o, si se prefiere ser menos drástico, cuyo sujeto importa menos que su comprensión, siempre revisable. Eso y no otra cosa es la "deconstrucción", una palabra que empezó a utilizar a finales de los años sesenta: se analiza algo (escritura, pintura, arquitectura) desmontándolo porque la relación entre sus elementos lo dota del posible sentido. Derrida utilizó el término más o menos cuando se produjo un acontecimiento que marcó a su generación crítica: la revuelta francesa de mayo de 1968. Una revuelta en la que quien hubiera podido convertirse en sujeto de la historia (el Partido Comunista Francés) renunció a ello, dejando a un montón de huérfanos de tiempo y de sentido.
Derrida ha dedicado parte de su obra a la posibilidad de establecer el sentido de la escritura, valorada por encima del discurso oral, que él opina ha dominado la metafísica occidental, como pecado original transmitido desde Sócrates al resto de quienes se dedican a la filosofía.
En ello ha coincidido con buena parte de quienes luego se han denominado o autodenominado "posmodernos", aunque éstos hayan dado un paso más y hayan negado la posibilidad de un único sentido y, por lo tanto, una posible verdad. No hay, en eso coinciden con Derrida, un libro verdadero, que sólo hubiera podido escribir Dios. Supuestamente, Derrida y sus herederos parten de los "pensadores de la sospecha", pero estos sólo sospechaban de las verdades establecidas por interés (Marx), inconsciencia (Freud) o debilidad (Nietzsche). Nunca negaron que hubiera verdades.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004