Cuentan sus íntimos que el constructor Bautista Soler está exultante tras ver a su hijo Juan entronizado en la presidencia del Valencia CF. Es muy probable que el opulento empresario no persiguiera ni esperase este desenlace cuando sacudió el accionariado de la entidad mediante sus fabulosas ofertas para convertirse en el principal dueño. Es sabido incluso que el hoy mandatario del club, no obstante su amor por los colores, trató de disuadirle debido a la ambición del propósito y a las espinas que pueden llegar a coronar el tornadizo cargo, en el supuesto de que hubiera ido a parar a manos del veterano padre. Pero, consumado el trámite, cunde el contento familiar, y hasta el mismo presidente dimisionario, Jaime Ortí, parece feliz, tanto por el palmarés histórico que deja como por haber salvado la dignidad al irse antes de que le empujasen descaradamente.
Este episodio, al margen de cómo lo juzguemos, viene a confirmar que el poderío económico es invasivo y, en determinado estadio de su desarrollo, tiene la necesidad insoslayable de exhibirse. En este caso, no ha de sorprendernos que la plutocracia del adobe, que es y va a seguir siendo largo tiempo todavía el verdadero disco duro de la riqueza valenciana, ocupe el más vistoso proscenio social, cual es el palco de Mestalla, hoy, y acaso el del Estadio Rita Barberá en el próximo futuro si llega a cuajar el proyecto de la alcaldesa. Que manden quienes tienen el poder real es un signo de normalidad y una garantía de consistencia directiva en un club que, afortunadamente, no ha proyectado sobre el césped la precariedad de sus últimos mandatarios.
Además, difícilmente podría haber sido de otra manera desde el momento en que el intrépido Bautista Soler emprendió la cruzada a golpe de talonario para eliminar a Francisco Roig, convertido por sus intemperancias en una china en el zapato institucional, llámese Generalitat o Ayuntamiento. Por cierto, ¿qué se ha hecho de Roig? Es rico, muy rico, a costa del club y de Soler padre, pero socialmente irrelevante. Igual ha hecho un mal negocio, aunque otra cosa parezca, y anda arrepentido. Se trataba, decimos, de eliminar a quien hubiera sido un incordio a la hora de negociar el nuevo estadio y, al mismo tiempo, asumir el compromiso de construirlo.
La primera parte del concierto ya se ha cumplido y éste Valencia, societariamente hablando, no se parece ya nada al que alumbraron las elecciones de 1994. Aquellas supusieron un sesgo histórico, por la insólita ambición del ganador, y estos cambios que acontecen ahora no lo serán menos por los visos que apuntan. Soy de quienes creen que Juan Soler va a ser un buen presidente. Aúna poderío, prudencia y capacidad de gestión. No es Demóstenes, pero tampoco lo requiere su clientela. No ha hecho aspavientos al conocer los compromisos financieros del club -digamos sus deudas- y ha prometido que los beneficios que arroje la explotación urbanística del actual Mestalla serán invertidos en el nuevo campo. Los telepredicadores del Valencia CF ya se encargarán de calentar el cotarro para que la recalificación del solar sea la más favorable al futbolismo, aunque salga lisiado el tejido urbano de la ciudad. El Ayuntamiento del PP lo tiene claro. En su día confiscó suelo público para ampliar el actual campo, que ahora será pasto de la piqueta, y se quedó tan pancho. Un urbanicidio más le tiene sin cuidado.
Si algo ha revelado esta operación urbano-deportiva es la simbiosis que existe entre el grupo político dominante municipal y el gremio promotor de vivienda. Los malpensantes están al acecho de las recalificaciones de suelo que se vayan ejecutando en los próximos meses para verificar cómo y a qué promotor benefician. Muy fino habrán de hilar los observadores porque, en primer lugar, el dominio sobre el territorio calificado y sin calificar está atado y bien atado por las grandes y medianas firmas del gremio del atobón, que no necesitan de estos enjuagues a ojos vista. Y, en segundo, el linaje de los Soler ha tocado el cielo con la presidencia del Valencia y no va socarrar con sospechas o trapicheos inmobiliarios la ejecutoria de uno de los suyos, coleccionista de arte, a mayor abundamiento.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004