Si en Madrid, Esperanza Aguirre y Ruiz Gallardón se retan frontal y paladinamente, en esta Comunidad mediterránea, más dada al chalaneo y a las habladurías, se recurre a una curiosa refriega; de tal modo que el PP inaugura así unas escaramuzas, hasta ahora inéditas, para hacerse estragos y puñetas, a través de franquicias, no de agencias inmobiliarias ni de tiendecitas pintureras de todo a cien -mejorando lo presente-, sino de despachos de avales de lealtad a Francisco Camps. En realidad, estamos ante lo que un estratega llamaría, después de abrir el melón o los melones, pues que nadie anda discriminado, y de curiosear lo que contienen o no, crisis de chiringuitos. O sea que usted, cavila el cronista, domicilia en un bajo de su pueblo algo que suene a sede del PP, se anuncia el chiringuito, y se pone -o se propone- a despachar promesas de compromisario, para el congreso regional de noviembre, siempre y cuando el cliente lleve la bolsa bien aquilatada de fidelidades. Novedad más propia de partida que de partido, el cronista observa y se abstiene. Pero se pregunta, a dónde se habrá llegado en las confrontaciones entre seguidores de uno y otro señor, para dar en tan carnívora estampa. Estampa tras estampa -todos ya más o menos estampados-, que Julio de España se las juega al palo de las dimisiones, que hay que ver con qué soltura se lo maneja y le saca las mantecas, al palo de las dimisiones y al palique con Acebes. Antes, abre la caja de los expedientes y amenaza a cinco cofrades réprobos. Y es que a Julio de España, de cuando en cuando, se le aparece el PP como una revelación mariana, y entonces se hinca de presidente provincial y cree, con la fe de presidente de las Cortes, que tampoco le saca ni una cabeza el uno al otro. Cabeza suficiente, sin embargo, para suspender hasta la próxima semana el afilado comité ejecutivo que pendía sobre los pescuezos de Díaz Alperi, Manuel Ortuño, Hernández Mateo y Asencio. Arde Alicante, de Torrevieja a Elche, de Elche a Crevillente, y de Crevillente al equipo de gobierno de una capitalidad, donde los campistas denuncian que están bajo el punto de mira de los zaplanistas. Pero estén o no, la ciudad de Alicante resulta tan ingobernable que anda a bandazos, sin orden ni concierto, ante una oposición sobrecogida. Estas fracciones más que facciones conservadoras, ya no sólo amenazan con "balcanizar", sino con "volcanizar", la ciudad, la provincia y la Comunidad entera, que se contempla en ese espejo y le da el repelús, como si no hubiera roto un plato en el último año. Y de allí, de tanto desatino, de tanta arrogancia y de tantos intereses nada ideológicos, por cierto, estos lodos que descubren a la ciudadanía qué es lo que se cuece de verdad en los fogones de un PP, que se desguaza a sí mismo, sin ningún pudor, sin ningún respeto a cuantos les han confiado, por un plazo limitado, su delegación y sus caudales. Cuando estos y otros ejercientes de políticos, en tránsito eso sí, y por delegación, cobren también conciencia de su paso, será quizá muy tarde para enmendar tanto despropósito. Aunque más de uno habrá resuelto su futuro y sin penas. A veces, y a voces, de eso se trata. Ya ve, tan sencillo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004