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Reportaje:9 D'OCTUBRE

Parafuncionarios y "qué hay de lo mío"

Las ausencias en la recepción oficial de la Generalitat subrayan la división interna del PP

Francisco Camps entró ayer victorioso en la recepción oficial del Palau de la Generalitat, pero también herido. Hasta en eso le buscó un parecido a Jaume I, que aquel 9 de octubre de 1238 tomó Valencia ensartado en una ballesta disparada desde las murallas moras. Julio de España le había asestado un titular saturado de ponzoña para estropearle la fiesta, reabriendo al público la pelotera interna, cada vez más incandescente. Como estaba en el guión, Eduardo Zaplana ni le saludó durante el acto institucional, y luego, seguido de sus fervientes sudistas, se había encerrado en la cafetería La Gloria Bendita para proyectar nuevas acometidas. No asistir a la recepción oficial fue una de ellas. De España, con cara de estar amenazándose encima de dimisión, lo hizo ostensible, pasando por la puerta del Palau de la Generalitat cuando los invitados esperaban para entrar y asaltar la cantina. Sólo el locuaz Serafín Castellano y la jovial Alicia de Miguel pisaron el salón portátil de la plaza de Manises para demostrar que toda regla encierra una excepción.

Camps entró en la recepción victorioso, pero también herido como Jaume I

Zaplana había salido de estampida hacia Benidorm, donde ayer le dedicaban la calle más larga y más ancha del pueblo, mientras Pedro Zaragoza, el inventor de Benidorm, sólo da nombre a un callejón. Se atrincheraba en su madriguera y, como el moro Zayan, había quedado reducido a dellà lo Xúquer, mientras Camps, herido, pasaba triunfante bajo el umbral gótico como un conquistador para darse un masaje colectivo. En apenas un año, el escenario se había puesto de su lado. Todos querían hacerse fotos digitales con él, todos querían tocarlo, besarle la mano y, sobre todo, pedirle. A falta de representantes de la sociedad, civil, la plaza estaba repleta de parafuncionarios, jubilados y quéhaydelomíos, muchos de los cuales, a fuerza de práctica en dos décadas de recepciones oficiales, han desarrollado un formidable talento y estilo para achicar espacios y atrapar canapés, frivolidades y montaditos imposibles. Y allí estaban demostrando su pericia barridos por una ventolera de prealerta que desencajaba peluquines, mientras esperaban que Camps se les pusiera a tiro. No faltaron Rosita Amores, Julita Díaz, Vicente Ramírez y otros genuinos representantes del I+D+i indígena, arrollados por el calendario y alicatados de cosmética para no desintegrarse al contacto con la intemperie.

Incuso se formó una abarrotada atmósfera de la transición, que olía a banderas quemadas, a llama de mechero de recital y a forro de cazadora Graham Hill, cuando el ucedista José Peris Soler y el comunista Antonio Palomares se alinearon a distancia en una conjunción insostenible. Todo esto vino de aquello, aunque mirando la voracidad con la que eran engullidas la pataquetas de lomo y cebolla frita resultaba muy difícil establecer la relación de efecto causa. No lejos, los socialistas Emèrit Bono, Ciprià Ciscar, Antonio García Miralles y Joan Lerma establecían una categorización sobre su situación actual comparativa con la mayoría de campeones que deambulaban por el evento con una nómina de 430.000 euros. Mientras éstos estaban "al aire acondicionado", Ciscar y García Miralles se encontraban "a la fresca", Bono "en el congelador" y Joan Lerma "en la parrilla".

Entonces irrumpió Carmen Alborch, envuelta en tejidos de diosa laica.

Camps giraba como una peonza abriendo círculos entre los invitados y Luis Fernando Cartagena aguantaba el tipo como si fuera un mástil muy elegante que hubiese sobrevivido a su propio naufragio político. La imagen establecía una metáfora muy absorbente para el cerebro, de la que sólo era posible ser rescatado con el impacto la pamela rosa de la mujer de Fernando Roig, la pintora Elena Negueroles. Aunque no se sabía qué era peor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004