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Crónica:VIAJE DE CERCANÍAS

Un lugar donde leer

Un editor amigo mío, con sobrada experiencia aunque despistado, telefoneó desde la Feria de Francfort y me dijo sentirse angustiado y como perdido entre tantísimos libros. Dijo que había más libros que nunca, cuando desgraciadamente cada año se lee menos. Era muy probable que en ese estado, añadió mi amigo editor, no acertara a comprar lo que deseaba comprar y en cambio le vendieran lo que él no deseaba adquirir.

¿Y a tí que se te ha perdido en esa Feria, además de extraviarte tú mismo?, le pregunté.

Entonces hubo un silencio inquietante, hasta que le oí quejarse de las distancias, la aglomeración y las escaleras mecánicas que parecían absolutamente kafkianas. Necesitaba sentarse y todas las sillas o bancos estaban ocupados. Lo habría hecho encima de una papelera. Pero este año, y por temor a las bombas terroristas, las papeleras habían desaparecido. ¿Qué podía hacer?

Un librero me dijo que lugar silencioso no había ninguno de aquí a Viena. Lo dijo muy serio. Para qué engañarnos. Puede tener razón: un bar sin charanga, maquinitas o griterío deja de ser un bar español

Le propuse que ante todo se tranquilizara. Y si por una de esas veía a Zafón, o a Pérez Reverte, incluso a Javier Marías, no lo dudase un instante y se agarrara del brazo de cualquiera de ellos, ya que estos autores se mueven en la feria de Francfort como pez en el agua.

Luego, cuando colgó su móvil, puse las noticias de la tele y supe que el premio Nobel de Literatura se lo había llevado una judía austriaca, al parecer de ascendencia checa. Aquí no la conoce nadie. Era un premio inesperado. Y un castigo para Vargas Llosa que lleva mucho tiempo haciendo méritos y no prospera. O se hace notar demasiado y debe ocultarse como Milan Kundera, o si se esconde y calla a lo mejor lo dan por muerto. Y el Nobel sólo se otorga a escritores vivos, aunque tal vez no tan vivos como Vargas.

Yo me alegro de que el Nobel de este año recaiga en una escritora, dicen, alternativa y procaz. No se lo dieron a Henry Miller. Tampoco a Aznar. Pero las cosas van mejorando.

Y dicho esto, hoy me permití celebrar la noticia orientando mi viaje semanal de cercanías hacia las librerías de mi entorno, en la Marina Alta y Baja. De manera que primero fui a la de Benissa, que se llama La Tella. Luego fui a la de Altea, que se llama L'Espill. Y por último fui a la de Dénia, que se llama Ex Libris. Me he gastado muy a gusto 50 euros.

Las librerías, igual que las farmacias, son establecimientos que frecuento. Me inspiran confianza. Cuando voy de viaje acostumbro a entrar en las farmacias a preguntar dónde se come bien. En las farmacias saben dónde envenenan y donde no. Así que por regla general aconsejan el restaurante mas seguro, aunque eso vaya en contra de su negocio (antídotos o antidiarreicos). Lo mismo ocurre en las librerías cuando preguntas por un lugar silencioso y apacible donde leer el libro que has comprado. Un lugar que no sea el cementerio. Tampoco fallan.

No hace mucho un librero me dijo que lugar silencioso no había ninguno de aquí a Viena. Lo dijo muy serio. Para qué engañarnos. Puede tener razón ese librero: un bar sin charanga, maquinitas o griterío deja de ser un bar español.

En la librería de Benissa no hay sillas para sentarte. No disponen de espacio. Ojalá pudieran encontrar un local mas grande. Pero Ángel Ibáñez, que es uno de los tres propietarios, dice que los alquileres se han puesto por las nubes. Y con lo que deja la librería, que es poco, y la papelería, que tampoco es demasiado, no se lo pueden permitir. Les encantaría tener una zona para organizar actos y lecturas y todas esas cosas. Imposible. Tienen que continuar como están. Y, además, tienen que soportar una distribución lentísima de las novedades, que es lo que la clientela pide más. Cuando un libro lleva dos semanas vendiéndose en la ciudad Valencia o Alicante aquí aún no lo han recibido. Y cuando les llega un best seller sólo reciben dos ejemplares. Esto no puede ser, lamenta Ibáñez.

El padre de Ángel se llama Pau, como también se llama así el hermano de Ángel. El padre va en silla de ruedas, la única silla que encuentras en esta librería donde, eso sí, atienden con extraordinaria amabilidad. Pregunto a Ángel qué le llevó a su padre, un hombre joven, a la silla de ruedas. Y dice que los periódicos: cayó repartiendo prensa y se rompió la columna. Pero cuando está en la librería, Pau comunica siempre optimismo y ganas de vivir.

Luego voy a L'Espill, en Altea. Por un lado esta librería da a la carretera general. Y por el otro desemboca en un café frente al Paseo Marítimo. Te compras un libro y tomas asiento en la terraza, o en el interior, pides algo de beber y te sientes como en un café vienés.

Yo recuerdo esos cafés de Viena que frecuenté en los 60, cuando estuve viviendo un año en aquella ciudad. Sus cafés eran una institución famosa en toda Europa. Los periódicos pasaban de mesa en mesa. La gente leía, hablaba o escribía. Y con anterioridad, en tiempos de Freud, Schnitzler y Stephan Zweig, se vivía prácticamente en el café como en tu propia casa. Podías dejar una muda de ropa que guardaban allí para cambiarte, sin tener que volver a tu habitación, y los clientes permanecían horas con la misma consumición, y cada hora los camareros ofrecían un vaso de agua fría en bandeja de plata. Si necesitabas papel de escribir lo tenían timbrado con el nombre del Café, y si necesitabas pluma y tintero, también lo pedías y lo depositaban en tu mesa. Era una verdadera inspiración. Tal vez ruinosa para la empresa. Por eso muchos cafés reciben subvenciones del municipio. Pero ahí están, sin ceder sus locales a los bancos.

Me conformaría con bastante menos. Pero algo que diferenciara la compra de un libro de la compra de charcutería. La tercera librería, en Dénia, se llama Ex Libris. Su propietaria conoce lo que lleva entre manos. Y puso a disposición de los clientes una mesa camilla y tres sillas de anea alrededor. Entra la luz del sol y veo el mar al doblar la esquina.

Ya de vuelta de este viaje de cercanías, pienso que, hoy por hoy, no necesito viajar a Viena. Ni perderme en Francfort como mi amigo editor. En estas modestas y dignísimas librerías de pueblo puedo leer y hasta escribir algo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004