Para los ciudadanos de la Comunidad Valenciana, el 9 d'Octubre es una fecha de reflexión. En otros tiempos era un símbolo de ilusión y esperanza. Pero aquella idea de que una autonomía iba a reforzar las señas de identidad de un pueblo, que desea sentirse a sí mismo, fue desvaneciéndose. Con la consolidación del Estado de las Autonomías se desmontaron algunas operaciones para desfigurar la fisonomía de la Comunidad Valenciana para que no fuera nunca un país. Las componendas del Levante o el Sureste, en las que se añadía de rondón a Murcia y Albacete, quedaron aparcadas. La Comunidad Valenciana podía volar sola, por fin, desde el decreto de Nueva Planta de 1716.
Los valencianos nos hemos vuelto prácticos y no queremos perdernos en añoranzas. Si algún hado no lo impide, el 20 de febrero de 2005 está previsto que se plantee el refrendo de la Constitución Europea, carta institucional que presidirá la consolidación de una Unión Europea con 25 estados miembros. En estas circunstancias, parece anacrónico anclarse en el pasado para conformar una comunidad autónoma que no se corresponda con las corrientes actuales de globalización e internacionalización.
Pero esta perspectiva de apertura y flexibilidad no está reñida con el afianzamiento de las posiciones que permitan que la Comunidad Valenciana se alinee con las regiones más avanzadas de la Unión Europea. Para conseguirlo necesitamos un proyecto. Ninguno de los partidos políticos o coaliciones eventuales con capacidad de gobierno han sido capaces de diseñar y transmitir un proyecto integrador para la Comunidad Valenciana. Ni tan siquiera aquellas formaciones que se autoproclaman nacionalistas y que habitualmente han sido proscritas a la marginación.
No existe ese proyecto global capaz de entusiasmar a un pueblo, sin perder las coordenadas del Estado español, de la Unión Europea, de las eventuales eurorregiones o de un mundo que, aunque convulso, nos contiene y nos pertenece como ciudadanos de él que somos. Ese proyecto debería partir de una vocación integradora y vertebradora interna que nos condujera definitivamente a la cohesión entre todas las demarcaciones y centros de poder territorial.
En el terreno cultural, el proyecto ha de basarse en un pacto lingüístico que, partiendo de las más elementales premisas científicas, permita normalizar la situación para que los valencianos dejen de polemizar acerca de por qué hablan como hablan. Leer y escribir es otra de las cuestiones pendientes en cuya asignatura suspenderían la mayor parte de nuestros dirigentes políticos.
La economía requiere un tratamiento especial porque, lejos de cualquier planteamiento victimista, la Comunidad Valenciana necesita reposicionarse para hacer balance de la realidad actual y decidir cómo afrontar los retos del futuro.
El 9 d'Octubre es el día de Sant Donís en el que proliferan la piuleta i el tronador. El talante de nuestro pueblo es festivo y su paciencia infinita, porque ya es hora de que los que tienen la responsabilidad de impulsar estas acciones, dejen de pelearse entre ellos. Y que la oposición no mire hacia otro sitio, porque en cualquier parte hay de todo, menos un proyecto integral para la Comunidad Valenciana.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004