La semana estuvo muy borgiana, argentina, bonaerense y latinoamericana en general. Me gustó encontrarme con la parte más zen de Borges, María Kodama. Tan suave, peluda, blanca y elegantemente viuda. Ni tan mística, ni tan seria, educadamente mundana, comiendo frugalmente sabroso en uno de los restaurantes que superan la media de diputados por metro cuadrado. Kodama pasea con liviandad el peso de Borges, lleva con tal naturalidad la sombra de Borges que me hace recordar a esa criatura con psique y sin cuerpo inventada por el maestro del maestro, Macedonio Fernández. Kodama, con su psique y con su cuerpo, se anda paseando por Madrid entre borgianos, posborgianos y off-borgianos. También sufre de esa enfermedad: adicción a la lectura, como tantos latinoamericanos que por la Casa de América, la Residencia de Estudiantes, el Círculo de Bellas Artes andan hablando, leyendo, escribiendo y bebiendo en el mismo idioma de Borges. Algunos pasean su adicción buscando por las casetas del libro de viejo en Recoletos, esperando el milagro de encontrar algo antes de que se despierte Juan Manuel Bonet -¡cuando el adicto a los libros se despertó, Bonet ya había estado allí!-, y quien dice Bonet, dice Trapiello, Luis García Montero o Chus Visor. Todos tocados por la adicción, el rastreo y la caza de las ediciones perdidas. Algunos dicen que es mejor, y más barata, Barcelona; otros se callan, ocultan sus encuentros casuales con bibliotecas abandonadas, vendidas, saldadas por las familias en cualquier rincón de la peculiar geografía de las librerías de antiguo y de ocasión. No pienso contar dónde está saldada parte de la curiosa biblioteca del buen lector que fue Juan Antonio Bardem. En un lugar de La Mancha madrileña me tropecé con parte de su biblioteca, muchos libros en inglés o en francés, y pude imaginar cuántas horas placenteras habría pasado con esas novelas de género negro que tanto le gustaron como lector. También Borges fue buen lector de policiacos. Y eso que empezó leyendo El Quijote en inglés, algo que más que una provocación parece una pedantería. Con el tiempo, la ayuda de Bioy Casares y de algunas pasiones carnales, más en la ficción que en la realidad, se fue curando de su pedantería. De los libros y las lecturas nunca consiguió desengancharse. Siempre volvió a su ser quijotesco, no al que sale a desfacer entuertos, sino al que se conforma con la aventura de recorrer su biblioteca. Pasó el tiempo, y leyó El Quijote en español, una, otra, muchas veces. Bien dice otro de los afectados por el factor Borges que estos días pasean por Madrid, Alan Pauls: "El Quijote es al lectodependiente lo que El almuerzo al desnudo, de William Burroughs, al yonqui".
Sin tanta sombra de Borges veo a Fontanarrosa, con cuentos tan excelentes, tan argentinos, como la película de Aristarain Roma. Una historia llena de libros, de librerías y de jazz. Una Roma que sí ha sabido contar y pagar a José Sacristán, a Juan Diego Botto. Grandes actores, mejores tipos, de esos machos que han sabido estar en la primera línea del frente antimachista, de los que dicen basta ya de violencia de género. Fontanarrosa es otro de esos machos que saben estar del lado de las mujeres sin dejar compartir sus amores femeninos, sus evasiones de cuentista y sus tiras de humor con su amor sin barreras por el fútbol. Esa pasión de tantas frustraciones, y de algunas alegrías, que cada semana es capaz de retirarnos de los libros, de las mujeres y de otros placeres. Al menos, durante unos minutos que muchas veces nos parecen siglos. Fontanarrosa, al contrario de Borges, que nunca entendió de fútbol ni de mujeres, nos demostró cómo se puede disfrutar con el amor a la pelota, sin dejar de gozar con los otros juegos, el juego.
Sin deshijarse nunca, con la memoria del hijo perdido, arrebatado, muerto; con la memoria de otros de su familia, desaparecidos que nunca dará por muertos, con su voz de profunda calidez, con su natural resolución de ser "ajeno a la autopropaganda y al afán de prestigio", está entre nosotros Juan Gelman, tan poco borgiano, tan esencial y gran poeta. Vive durante sus semanas madrileñas en la Residencia de Estudiantes, cerca de donde tanto vivió otro asesinado por una dictadura, otro desaparecido en un barranco al que tampoco el poeta Gelman dará por muerto. Leyó sus poemas, nos acercó a su poética, a su vida de superviviente de sus propios muertos, compartió sus recuerdos y sus whiskies. El poeta que se agarra a la vida abuelándose, superando los rencores, sin olvidarse del pasado, pero sin dejarse aplastar por sus tragedias, supo mantener la seriedad y reírse con los chistes de argentinos que le cuenta su nieta superviviente y parisiense. Abuelo feliz porque sabe que esa parte suya crece y bromea lejos de las sombras de su pasado. No es candidato al Nobel, posiblemente nunca lo ganará -tampoco lo consiguió otro porteño gran poeta, su contrario, Borges. Ni su amigo, argentino y parisiense, Cortázar-, pero si se encuentran con un libro suyo, no lo dejen escapar. La vida será dura, pero también puede ser dulce. Y Madrid, que sabe cantar jotas y hacerlas ópera, es capaz de saber arrastrar un tango y terminar en una verbena. Una ciudad alegre y desconfiada. Una ciudad que tiene derecho a ver cómo termina el baile del alcalde y la presidenta. Ella baila por Chueca, él sigue con Albéniz. El combate acaba de comenzar. Ocupen sus asientos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004