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Reportaje:REPORTAJE

Un millón de bombas contra la paz en Bosnia

Dice Braco Pandurevic, ex policía bosnio, que cuando estás en guerra no piensas en el futuro. "Pones minas y tratas de quitar las de los demás, eso es todo". Es su reflexión mientras sostiene un mapa que detalla la localización de un campo de minas antipersonas cerca de Sarajevo. Este hombre envejecido, de 32 años, dejó la universidad en 1992 para combatir contra el Ejército serbio. Sirvió en una unidad especial de la policía bosnia dedicada a plantar minas antipersonas.

Durante los tres años siguientes, 3.346 personas pisaron alguna mina. Un dato pequeño al lado de los más de 200.000 muertos de la guerra. Pero desde que se firmó la paz, hace nueve años, las minas han provocado 1.507 víctimas más entre muertos y mutilados, 28 este año. La cuenta no ha terminado. Más de un millón de trampas explosivas esperan bajo el suelo de Bosnia a que alguien ponga su pie encima.

Las autoridades calculan que tardarán 70 años en limpiar las 670.000 minas conocidas. Es sólo la mitad. El otro 50% no se sabe dónde está

La mayoría de las víctimas son leñadores y agricultores que deben trabajar en el campo para subsistir ignorando la presencia de minas

Pandurevic ha rehecho su vida gracias a esa experiencia. Trabaja como director de un equipo de limpieza de minas. La semana pasada trabajaba en Vogosca, a siete kilómetros de Sarajevo, peinando las cunetas de un barrio residencial llamado Hotong que podría ser de las afueras de cualquier capital española. Se conocen 18.600 emplazamientos como éste en Bosnia-Herzegovina, en campos, caminos, cunetas, casas abandonadas y hasta parques y solares urbanos de la propia capital. Las autoridades conocen la existencia de 670.000 minas y 650.000 fragmentos y proyectiles sin explotar (UXO, en lenguaje militar).

Pero el dato apenas es útil. Bosnia-Herzegovina era uno de los principales productores mundiales de minas antipersonas cuando estalló el conflicto con Serbia (1992-1995). En esos años usaron tal cantidad de ellas en su propio suelo que la oficina gubernamental encargada de su localización y destrucción, BHMAC (Bosnia-Herzegovina Mine Action Centre), admite que desconoce el 50% de los lugares minados.

El subdirector de BHMAC,Ahdin Orahovac, lo pinta así: "Cualquier rincón de Bosnia que tuviera cierto interés estratégico fue minado". Las zonas minadas conocidas ocupan 2.145 kilómetros cuadrados (como toda la provincia de Vizcaya), el 4,2% de la superficie de un país en el corazón de Europa. Nueve años después de la paz, el problema afecta en distinto grado a 1.366 comunidades en las que viven 1.375.807 personas, la cuarta parte de la población estimada de Bosnia. Es el tercer país más minado del mundo, tras Camboya y Afganistán.

Pero las cifras son frías y, como decía el ex policía Braco Pandurevic, no hacen pensar en el futuro. La visión práctica y militar que tenía sobre su trabajo de minado durante el conflicto se convirtió en horror el día en que una mina mató a tres niños en un descampado. Lo que impresionó y cambió para siempre a Pandurevic, curtido por tres años de guerra, no fueron los niños muertos. Fue ver sus cuerpos abandonados: "Nadie podía entrar a recoger los tres cadáveres porque toda la zona estaba minada".

Hace cinco años que entró en vigor en Bosnia-Herzegovina la Convención de Otawa contra la fabricación, almacenamiento transferencia y empleo de las minas antipersonas. Firmado en 1997, el texto marca un hito en el derecho internacional al prohibir por primera vez un arma de uso masivo por parte de ejércitos de todo el mundo. Los Estados firmantes tienen 10 años para limpiar su suelo y la destrucción de sus arsenales de minas. Los 143 países firmantes hasta ahora han destruido más de 37 millones de minas.

Entre el 29 de noviembre y el 3 de diciembre se hará el primer examen a este tratado, durante la Cumbre para un Mundo Libre de Minas en Nairobi. En preparación de esta conferencia, la primera cumbre mundial sobre minas antipersonas, el Comité Internacional de la Cruz Roja ha organizado visitas a países como Bosnia, que promociona el turismo rural en sus montañas y lagos, pero recibe al visitante con consejos como no abandonar nunca la carretera para dar un paseo o no conducir por caminos sin asfaltar.

Este año marca el ecuador del plazo para librarse de las minas antipersonas, y las autoridades hacen balance. El país destruyó los restos de su arsenal (460.000 unidades) en 1999. Pero diga lo que diga el texto de Otawa, al ritmo actual, el BHMAC calcula que tardarán 70 años en limpiar todas las minas. Quiere decir sólo la mitad de ellas, las que se conocen. "La parte fácil del trabajo es quitar las minas", explica Ahdin Orahovac. "Lo difícil es encontrarlas".

"Bosnia gasta cuatro millones de marcos [dos millones de euros] al año en desminado", añade Orahovac, subdirector de la oficina para el control de minas. Calcula que cumplirán a medias el tratado de Otawa, y no completarán el desminado a tiempo. "En los próximos cuatro años acabaremos con las áreas de más riesgo", promete. El dinero necesario para este objetivo se calcula en más de 400 millones de dólares. El dinero para el año que viene ya está comprometido, pero los presupuestos de desminado a partir de 2006 siguen incompletos.

Para ello trabajan en Bosnia 37 organizaciones distintas: 6 gubernamentales (Protección Civil y el Ejército), 14 ONG y 17 compañías privadas. Entre todos tienen 2.158 personas trabajando en el desminado. En la primera mitad de este año se limpiaron 1.583.267 metros cuadrados. Limpiar cada metro cuadrado cuesta entre uno y cuatro euros, dependiendo de la técnica empleada.

El equipo de Braco Pandurevic en Vogosca trabaja para la ONG Norwegian People's Aid (NPA). La limpieza de minas requiere una concentración angustiosa. Sólo pueden trabajar durante media hora seguida, y descansar otra media. El técnico avanza en el desminado abriendo un pasillo nunca superior a un metro de ancho. Pasa un detector de metales y, si da señal, se arrodilla para pinchar la tierra con un largo destornillador. Si halla la mina, limpia la tierra por encima y la retira. Si "no es segura", se hace detonar de forma controlada.

El equipo básico de trabajo es un chaleco antibalas, casco con máscara, guantes y botas. "Te protege o no, dependiendo del tamaño de la mina", aclara Pandurevic, que cobra 1.370 marcos (650 euros) al mes por un trabajo en el que "no sabes si vas a volver a casa por la noche". El sueldo es un privilegio en un país con más del 65% de paro donde un sueldo normal son 400 euros al mes.

Centímetro a centímetro

Las zonas en las que se detuvo la línea del frente, como este camino vecinal de Hotong, tienen demasiada concentración de metal por la cantidad de balas y trozos de metralla que han caído sobre ellas. Entonces el detector no sirve de nada. Hay que avanzar centímetro a centímetro. Los técnicos bajo mando de Pandurevic necesitan pinchar 2.500 veces la tierra con el destornillador para avanzar un metro cuadrado. Lo más que puede avanzar cada hombre en un día son 10 metros cuadrados. Si llueve, el terreno blando "es demasiado peligroso y no se puede trabajar".

A este ritmo, "en 2009 no estaremos libres de las minas, pero sí del impacto de las minas", asegura Orahovic, subdirector de BHMAC. Se refiere a reducir el número de víctimas a cero y desligarlo del plazo para limpiar los campos. Algo sólo posible si se logra identificar y marcar todos los campos del país y generalizar la educación en las escuelas sobre los riesgos de las minas.

Las cifras indican que no es imposible. En 1996, 632 personas fueron víctimas de minas, 110 de ellas murieron. Dos años después, la cifra había bajado a 89 (60 muertos). En lo que va de 2004 se han registrado 28 casos, 10 de ellos mortales, incluyendo dos técnicos de desminado. Como destaca Michele Blatti, delegada del CICR en Sarajevo, "éste es un país informado, donde la gente lee periódicos, hay electricidad y ve la televisión". Esto permite poner en marcha programas de información a nivel nacional. "Algo que lo distingue, por ejemplo, de Camboya, donde la gente no sabe ni dónde están las minas ni quién las puso", comenta Blatti.

Husein Klicic es el delegado de Cruz Roja en Kljuc, un pequeño pueblo en el centro de Bosnia cuya historia sería vulgar en este país si no fuera dramática. Sus 18.000 habitantes huyeron de los serbios durante la guerra. De ellos, 3.500 aún no han regresado, y los que lo han hecho deben subsistir trabajando en campos y bosques fuertemente minados hace diez años. "Vamos al campo y hablamos con la gente, les enseñamos fotos de víctimas de minas y les contamos historias humanas de las víctimas", explica Klicic.

La mayoría de las víctimas de minas antipersonas (el 42%, según la Cruz Roja) en los últimos años son hombres de entre 19 y 39 años que trabajan en el campo o en los bosques. La agricultura es esencial para la subsistencia de muchos desplazados que vuelven poco a poco a sus casas, y el hambre le gana la partida a la prudencia. La madera sigue siendo muy utilizada como combustible, y la de leñador no es una profesión extraña en un país cuyas principales exportaciones son madera y papel. Agricultores y leñadores se encuentran con campos y bosques que explotan al contacto con la azada, las pezuñas del ganado o sus propios pies.

"Aquí no se pueden garantizar los medios de vida", sentencia Klicic. "Las autoridades dan excusas para no dedicar más dinero al programa de minas y van por fases: primero, los sitios relacionados con la electricidad o el agua, y luego, el resto".

Nada más terminar la guerra, las cifras eran distintas. Entre 1996 y 1997, 206 niños fueron víctimas de minas antipersonas. Eran una novedad desconocida, un curioso objeto abandonado en el campo al que los niños bosnios, generalmente en grupos de amigos, no tenían cuidado en pegarle una patada de vez en cuando a ver qué pasaba.

Hoy día, gracias a programas en las escuelas, son el grupo de población más informado. En el colegio de Kljuc reciben 45 minutos de clase sobre minas antipersonas 20 veces al año. Ejemplares de las más comunes adornan la clase junto a un panel con varios tipos de mariposas. Cuando el profesor pregunta qué se debe hacer al encontrar una mina, Zarina Kulenovic y Ahmet Halilovic, de 13 años, contestan como si recitaran los ríos de su provincia. Explican a la clase con naturalidad cómo funciona cada modelo de mina. "Son como expertos militares", comenta su profesora. "Saben más que los que las pusieron".

Demasiado pequeños para la escuela, los nietos de Husein Jupic han nacido oyendo esa prevención, como quien sabe que no debe meter los dedos en un enchufe. No salen a jugar más allá del huerto que tienen delante de su casa. Viven en Doboj, adonde volvieron hace cuatro años. A izquierda y derecha, detrás de la casa y delante, cruzando una carretera, se extienden campos de maíz rodeados de una cinta de plástico de un color amarillo que ya es inconfundible en este país. Sobre ella pone: "Peligro, minas".

Lo pone ahora. Cuando los vecinos de esta comunidad regresaron a sus casas, se pusieron a labrar con minas o sin ellas. Retiraron a mano las que pudieron. "Sabíamos que había minas, pero no tantas", dice Sejdo Mujic, otro vecino. Murieron dos personas. Finalmente, un equipo profesional señalizó el lugar y comenzó un desminado real, aún a medias.

Treintañeros sin futuro

Los niños y jóvenes heridos en la guerra son hoy jóvenes mutilados sin futuro, lastres para sus familias y sus comunidades. La organización UDAS (asociación de amputados), en Banjaluka, cubre una necesidad básica de las víctimas de minas: les da algo que hacer. Allí, más de 200 amputados, la mayoría por minas antipersonas, pasan el tiempo realizando esculturas en escayola, sentados en corro en el patio de una modesta casa en el centro de la ciudad. La mayoría, como en todo Banjaluka, capital de la República Serbia, son serbios de Bosnia. Jóvenes o incluso niños durante la guerra, hoy son treintañeros que no pueden alimentar a su familia ni pagarse la atención necesaria.

"No hay trabajo ni para los que tienen las dos piernas", bromea Audic Sabahudin, de 34 años. Es el único del patio al que no le gusta hablar de la guerra, dicen los demás. Quizá porque es musulmán en Banjaluka, una posición tan delicada como ser serbio en Sarajevo. En 1992 huyó al sur para defender Bosnia del avance de serbios como los que tiene sentados enfrente. Relata con calma y detalle cómo una mina le destrozó la pierna izquierda en un bosque el 17 de julio de 1993. Tras caer al suelo, un francotirador serbio siguió disparando contra él y llegó a herirlo tres veces hasta que sus compañeros lograron sacarlo de allí. En 2002, una década después de huir y siete años después de la paz, volvió a su casa. Vive con su mujer, su madre y su hija de cinco años y cobra una pensión de 200 euros. No lleva prótesis. Dice que en guerra "las minas son útiles para proteger el territorio por el que avanzas".

Dragan Popovic, serbio, de 30 años, asiente a ese comentario. Perdió la pierna derecha en junio de 1995 por la explosión de una mina en Radicka, avanzando sobre un puente con el Ejército serbio. Mientras se hace una foto con el musulmán Sabahudin, comenta que "durante la guerra, el propósito es hacer el mayor daño posible". No hay límites, "y si los hay, no son los soldados los que deben ponerlos", afirma Popovic. "El uso de las minas tiene sentido en la lógica militar. Tiene sentido como la bomba nuclear".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004

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