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Reportaje:HISTORIA

Adiós, Suresnes, adiós

La batalla había sido larga, y los resultados, mediocres. En 1970 había comenzado el asalto a la fortaleza defendida en Toulouse por Rodolfo Llopis, que opuso una resistencia numantina hasta que dos años después, en el XII Congreso del PSOE en el exilio, fue descabalgado de la secretaría general. Los asaltantes, asustados por el ritual asesinato del padre, no se atrevieron a poner en su lugar un nuevo secretario general ni a trasladar al interior la comisión ejecutiva de un partido que había sobrevivido en el exilio gracias al tesón de los vencidos en la Guerra Civil. Decidieron compartir a medias la nueva ejecutiva con exiliados de la línea hostil a Llopis y suprimir la secretaría general. El comité nacional se encargaría de nombrar un secretario político -Nicolás Redondo- al que se suponía cierta primacía entre sus iguales.

Felipe González se mudó muy pronto de "primer secretario" en "secretario general": lo suyo nunca fue ser 'primus inter pares'

Al estallar los conflictos, el PSOE se rompió en dos facciones en sentido literal, como partes que dividen un todo de arriba abajo

El invento no funcionó. Por eso, pasados otros dos años, en el verano de 1974, varios miembros de la comisión ejecutiva se conjuraron con el propósito de traer toda la dirección a España y cortar amarras con el exilio sin renunciar ni a la organización ni a la legitimación de unas siglas de las que esperaban obtener abundantes réditos políticos. Sabían que Llopis tenía razón en un punto fundamental: cuando el PSOE pudiera abrir de nuevo locales en España, la memoria histórica movería a mucha gente a engrosar las filas del partido. Ellos también lo creían, pero, al contrario de Llopis, se habían cansado de esperar.

Tenían sus razones: si el PSOE se mantenía como un partido a la espera, su lugar sería ocupado por el Partido Comunista, que a una larga historia de oposición y a un mayor arraigo en la clase obrera habían sumado un giro hacia una forma de socialdemocracia -el eurocomunismo- que le abría las puertas a alianzas con otras fuerzas de la oposición. El fin del dictador se acercaba, y era preciso que, antes de producirse el llamado hecho biológico, el PSOE fuera un partido del interior, no sólo del exilio. Pablo Castellano, Guillermo Galeote, Felipe González, Alfonso Guerra, Eduardo López Albizu, Enrique Múgica y Nicolás Redondo se dieron cita para preparar el congreso. Una conspiración de tres sevillanos y tres vascos en presencia de un madrileño: así se preparó el XIII Congreso del PSOE en el exilio, que abrió sus puertas en Suresnes el 11 de octubre de 1974, mañana hará 30 años.

El resultado fue un completo triunfo para el interior. La declaración política aprobada en Suresnes rompía con el tradicional lenguaje del exilio y situaba teóricamente a los socialistas a la izquierda del Partido Comunista. Más importante que esta resolución, que muy pronto se llevará el viento, fue la decisión de elegir un primer secretario, pudorosa denominación de lo que siempre había sido secretario general. Pero el sillón de Llopis estaba todavía caliente, y eran tiempos en que, a falta de organización sólida, la democracia de base imperaba sobre el control desde arriba. De modo que primer secretario parecía lo más adecuado para un cargo destinado a Nicolás Redondo. No dio el paso adelante el veterano dirigente vizcaíno y la bola rodó hacia el lado sevillano. Y allí, Felipe González fue la opción obligada: era the rigth man at the rigth place, nunca mejor dicho.

Felipe González se mudó muy pronto de "primer secretario" en "secretario general": lo suyo nunca fue ser primus inter pares. Planteó una dura competencia a Santiago Carrillo en el terreno que el líder comunista se había reservado como propio e impulsó una fuerte corriente centrípeta en el fragmentado mundo de los grupos socialistas. No quiso saber nada de federación o confederación de pequeños partidos, arrinconó a quienes no acudieron a su llamada, trabajó concienzudamente el apoyo de la Internacional Socialista y, manteniendo un discurso que sonaba de perlas a los oídos de izquierda, propugnó una política pragmática de ir ocupando parcelas de poder: nunca lo que se hacía en la práctica estuvo más lejos de lo que se decía en la teoría.

Competencia en el seno de la izquierda, opción socialista identificable con sus siglas históricas, apoyo internacional, negociación con el Gobierno: ésas fueron las bases sobre las que González construyó un poder con vocación de perdurar. Con ese equipamiento desbarató, en una maniobra audaz, la incipiente disidencia interior, convirtió al PSOE en partido hegemónico de la izquierda, discutió con éxito el favor del electorado a sus contrincantes y construyó, en un plazo increíblemente corto, un partido preparado para gobernar. Por vez primera en su historia, el PSOE podía presentar candidatos con perspectivas de éxito en Cataluña y Andalucía, en Bilbao y Valencia, en Badajoz y A Coruña: lo que se decía vertebrar España. El desconcierto del PCE y la fascinación por el abismo que se apoderó de UCD hicieron el resto: una edad de oro se abría ante los triunfadores de Suresnes.

Morir de éxito

Pero también se puede morir de éxito, y eso fue lo que comenzó a suceder cuando, sobre los reiterados triunfos electorales, se cernió la sombra de una doble escisión en la cima. Primero, el sindicato, con Redondo a la cabeza, convocando en 1988 una insólita huelga general. Luego, el partido, controlado por Guerra, dispuesto a romper los equilibrios internos cuando en 1991 se vio obligado a abandonar el Gobierno. Inevitablemente, al estallar los conflictos, el PSOE se rompió en dos facciones, en sentido literal, como partes que dividen a un todo de arriba abajo. En medio de acusaciones sin cuento, y de la inane respuesta de los retóricos de la "renovación", la lucha faccional se agudizó hasta el punto de que el intento de desembarazarse de Guerra se saldó con la renuncia de González en el congreso de 1997: el cordón umbilical que los unía desde Suresnes fue lo único que el tiempo no había podido destruir.

Renuncia a la secretaría general, pero no a tutelar la marcha del partido. Uno de sus hombres, Joaquín Almunia, asumió la pesada carga de sustituirle. El nuevo secretario general heredó un partido dividido y se empleó en consolidar como propio un poder que recibió de forma vicaria. Ideó para conseguirlo un método inapropiado para partidos en los que la secretaría general se confunde con la candidatura a la presidencia del Gobierno. Fracasó en el empeño, aunque acabó presentándose como cabeza de lista en las elecciones de 2000, sumando así una inapelable derrota electoral a la que ya había cosechado ante Josep Borrell en las filas de su partido. Sacó rápidamente la única lección posible y dimitió sobre la marcha.

Aquella decisión fue el origen de una inesperada salida a la crisis arrastrada por el PSOE durante diez años. Comparado en ocasiones a Suresnes 1974, el congreso de Madrid 2000 no tuvo nada que ver con aquél salvo en un punto: su resultado fue una completa renovación generacional. La diferencia consiste en que la generación del exilio estaba ya diezmada, mientras sus sucesores se mantenían en plenitud de facultades aunque muy fatigados de tanto lamerse las heridas. En tales circunstancias, un diputado casi desconocido, de cuyo talante poco se sabía, se alzó con el santo y la limosna en una elección abierta, con negociaciones de pasillo, recados y correveidiles, pero en la que tuvo una decisiva importancia que hablara, como lo hizo, en último lugar. Quizá, al presentarse, Rodríguez Zapatero sólo aspiraba a conquistar una posición para el futuro, pero después de hablar se encontró con que todo el futuro se le venía a las manos.

Por eso, Madrid 2000 fue el cierre de la densa historia iniciada en Suresnes 1974. Zapatero no estuvo en Suresnes, ni falta que le hizo: llegó a la secretaría general limpio de polvo y paja. Es más, si algo caracteriza su tiempo es un good bye Suresnes. Adiós, Suresnes, adiós: con el estilo que ha definido una política, sin levantar ampollas, sin empujar ni decir palabras feas, quiso dejar muy claro que el pasado es efectivamente historia y licenció a la generación precedente en bloque. Con sus luces y sombras, sus aciertos y errores, sus triunfos y derrotas, Suresnes es hoy, a los 30 años de su celebración y con algunos de sus protagonistas todavía en edad de merecer, tan historia del PSOE como lo era en Suresnes la generación del exilio. Así es la vida: de pronto, te conviertes en pasado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004

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