Al volver de este verano de cervezas y comilonas, mi médico me dio un ultimátum: "O hace usted deporte o se muere". Después de pensarlo unos segundos -no muchos-, decidí hacer deporte, así que he vuelto a jugar al tenis. Digo que he vuelto. Hace treinta años, cuando yo tenía doce o trece, mi única ocupación seria consistía en jugar al tenis; quiero decir que me levantaba pensando en el tenis y me acostaba pensando en el tenis, y durante el día, en los escasos momentos en que no jugaba al tenis, ensayaba mis golpes con una raqueta invisible mientras caminaba o comía o asistía a mis clases en el colegio. El tenis no era un juego o, si lo era, era un juego en el que uno se lo jugaba absolutamente todo; es decir: era una pasión a vida o muerte. Dicho esto, no extrañará que añada que no jugaba mal; tampoco jugaba escandalosamente bien, pero no jugaba mal. Jugaba, en todo caso, lo bastante bien como para salir por ahí y viajar con otros chavales tan fervorosos del tenis como yo y ver mundo y jugar campeonatos y hacerme la ilusión de que algún día llegaría a ser un profesional. Solos y sólo armados con nuestras raquetas y nuestro coraje, nos sentíamos a ratos semidioses y a ratos mercenarios o gladiadores en busca de fortuna. "Nec spes nec metu" ("Sin miedo ni esperanza"): ése era el lema valeroso de los gladiadores romanos; nosotros teníamos mucho miedo y estábamos saturados de esperanzas, pero ése hubiéramos querido que fuera también nuestro lema. No éramos héroes, pero teníamos héroes, y por encima de todos ellos -único y radiante- estaba Ilie Nastase, un rumano irreverente y camorrista que jugaba con una elegancia, un ingenio y una facilidad que no han vuelto a verse ni antes ni después de él en una pista de tenis. Albert Camus escribió que todo lo que sabía sobre moral lo había aprendido jugando al fútbol; en cuanto a mí, casi todo lo que sé sobre moral lo aprendí jugando al tenis. Sobre moral y quizá sobre cualquier otra cosa. Poco tiempo después, cuando dejé el tenis porque llegaron las novelas y comprendí con resignación que no podía ser más que escritor, me juré no olvidar nunca dos cosas que me enseñó Nastase y que todavía ahora considero dos de mis divisas de escritor. La primera es que no hay nada más difícil que hacer que parezca fácil lo difícil; un sabio casi tan sabio como Nastase lo dijo mucho antes y mucho mejor: "Vera ars velat artem" ("El arte verdadero oculta el artificio"). La segunda es sólo una frase: "Cuando no juego al tenis un día, lo noto yo; cuando no juego dos, lo nota el entrenador; cuando no juego tres, lo nota el público". Ahora apliquen ese dictamen al oficio de escribir y se encontrarán con uno de los dos mejores consejos que se le pueden dar a un aficionado a escribir para que trate de convertirse en un escritor de verdad.
Así que hace algunas semanas volví a jugar al tenis. Previsiblemente, todo había cambiado. No me malinterpreten: no es sólo que yo hubiera cambiado y ya no fuera capaz de dar dos golpes seguidos sin sentir la cercanía de la muerte por asfixia; no: es que, además de eso, absolutamente todo había cambiado. Lo supe en cuanto entré en la pista. Antes se jugaba con pesadas raquetas de madera; ahora, con ligerísimas raquetas de fibra. Antes, casi todos los golpes se daban planos y cortados; ahora, todos se liftan. Antes, el drive se daba de lado; ahora se da de frente y girando el tronco. Antes, el revés se daba a una mano; ahora se da a dos. Los cambios no son sólo técnicos: también son morales. Antes, los chavales nos maldecíamos y tirábamos la raqueta cuando fallábamos un tanto, humillados por nuestro error; ahora, sin duda educados para la victoria por el triunfalismo de los psicólogos, los chavales celebran los tantos propios cerrando los puños y lanzando un grito victorioso, y casi casi celebran también los errores del contrario, para humillarlo. Antes pedíamos disculpas, avergonzados, si ganábamos un tanto después de que una bola rozase la red, convirtiéndola sin mérito en inalcanzable para el contrario; ahora ya nadie pide disculpas por esos tantos ganados por azar, y dentro de poco se celebrarán por todo lo alto No sigo. Podría seguir, pero no sigo. No tengo intención de amargarles el domingo con melancólicas reflexiones sobre el paso del tiempo, porque además no es cierto que cualquier pasado fuera mejor. Sólo cuento lo que vi. Por lo demás, hace unos meses se publicó la autobiografía de Nastase, donde afirma que se acostó con 2.500 mujeres; leyendo eso, por primera vez me avergoncé de mi ídolo: ¿cómo sabía que fueron 2.500, y no 3.000, o 1.237? ¿Llevaba la cuenta? ¿A quién pretendía impresionar con esa bravata indigna de un radiante semidiós? Luego, cuando vi una foto de su boda reciente, lo comprendí todo: el maestro estaba gordo, viejo y acabado. No me eché a llorar, pero ese día no me miré al espejo y me fui a jugar al tenis. Hice bien. El médico miente: diga lo que diga, me moriré. Ustedes también se morirán. Pero hay que seguir, aunque sea aterrados y llenos de esperanzas. Hay que adaptarse. No hay nada que lamentar. Salvo quizá una cosa: que nadie nos dijera hace treinta años que aquello era lo mejor que nos iba a pasar en la vida.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004