Cantó bien Esperanza Fernández. Con garra, echándole el corazón a lo que hacía. Se rodeó de excelentes colaboradores: Curro Fernández, José el de la Tomasa y Pedro Peña. Ahí es nada. Abrieron ellos, marcando el compás con los nudillos sobre una mesa, y cerraron ellos, por tonás. Tonás trabajadas, muy serias, de las que no dejan lugar a dudas en cuanto a grandeza.
Entre uno y otro cantes, el resto. Un recital con muchas cosas nuevas de Esperanza, con mucha enjundia cantaora. Apuntes de baile, en la farruca, en la granaína. No los necesitaba, pero los puso en un afán de dar variedad al conjunto. Lo importante era ella, su cante. Soleares, cantiñas, malagueñas, siguiriyas que partían el alma. Cantaora de una vez, de timbre de voz claro y seguro.
Evocación
Cante: Esperanza Fernández, Curro Fernández, José el de la Tomasa, Pedro Peña. Toque: Miguel Ángel Cortés, Manolo Franco. Baile: Miguel Vargas, Vicky Brkic, Luna. Teatro Lope de Vega, Sevilla, 8 de octubre.
Las siguiriyas fueron un largo lamento sin concesiones, de los que dejan huella en el oyente. Ella lo supo fraguar en su voz, no lastimera sino segura, trementamente ahilada al cante por excelencia. Las soleares también dejaron una estela de perfección importante. Hizo un cante templado, con regusto de cabalidad absoluta. Las cantiñas -alegrías, romeras, mirabrás- fueron igualmente modélicas, de extraordinaria calidad. Las malagueñas, con la rareza de Concha la Peñaranda, exquisitas y de gran arco melódico, rematadas dulcemente y sin micrófono de manera admirable.
Las bulerías. Un estilo fuerte de Esperanza Fernández, que hace de pie, cantándolas y bailándolas. Con pausa, pero con nervio, en una larga secuela llena de encanto y complicidad. Las bailó con un gran empaque, con arrogancia, con serenidad.
Miguel Ángel Cortés y Manolo Franco le dieron la réplica con sus guitarras. De manera ejemplar, sin dejar nada a la improvisación en ningún momento. Más enérgico Cortés, más delicado Franco. Los dos perfectos, en una noche en que todo salió de maravilla.
Noche triunfal, pues, de Esperanza Fernández. Era la primera vez que actuaba sóla en una Bienal, y los nervios la tenían descompuesta. Pero después, una vez comenzada la función, todo se puso en su ser. Es cantaora segura, que piensa lo que hace y que además vocaliza estupendamente. Nunca defrauda, nunca da gato por liebre. Puede sentirse un poco dudosa en determinado momento, pero sabe cómo afrontarlo y al final siempre acierta.
Unas palabras para Miguel Vargas, su marido, que esta noche ejerció de palmero, como en él es costumbre, pero también de bailaor. Un baile intuido más que sabido, en el que se mantuvo sumamente discreto y respetuoso.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004