Sin grandes problemas de seguridad o logística, tanto afganos como afganas llenaron ayer las urnas en Herat, Bamiyán, Mazar-i-Sharif y Kabul. Sin embargo, un error generalizado en el uso de la tinta indeleble con la que se intentaba evitar que la gente votara varias veces estuvo a punto de dar al traste con el esfuerzo. Catorce de los 16 candidatos amenazaron con boicotear el resultado. "Es una excusa barata para echar por tierra el proceso", declaró a este periódico José María Aranaz, asesor legal de la Comisión Electoral Conjunta.
"Se va la tinta, miren se va la tinta", se queja Mohamed Mohadasin a los primeros extranjeros que visitan el colegio electoral instalado en las aulas de la Facultad de Derecho de la Universidad de Kabul. Es uno de los interventores de Hamid Karzai y se muestra desazonado porque no sabe a quién acudir para hacerle partícipe de la situación. Dentro, la gente sigue votando sin aglomeraciones ni demasiada inquietud. "Ya hemos cambiado la tinta", asegura el agente electoral encargado de marcar la cutícula del pulgar derecho, u otro dedo si al votante le falta ése.
Pero el problema de la tinta se repite en cientos de colegios por todo Afganistán. A las nueve de la mañana, dos horas después de que hayan abierto las urnas, reina la confusión sobre su anunciado carácter indeleble.
Conspiración, engaño, dejadez... En algunos centros de la capital, como en la escuela Nadria del barrio de Karté Parwán, se opta por suspender la votación a la espera de alguna indicación de la Comisión Electoral Conjunta. Entre los miembros afganos de ese organismo cunde el pánico e incluso se plantea posponer dos semanas la elección. Los candidatos opositores han reaccionado con presteza y están pidiendo que se cancelen los comicios bajo amenaza de boicotearlos. Qanuni y Masuda Jalal, la única mujer en la liza, anuncian que no van a votar hasta que no se solucione el asunto.
Qanuni va más allá. Él y otros 13 candidatos, entre los que no está Jalal, se reúnen en casa de Abdul Sattar Sirat, con 67 años el decano de todos ellos. Con maneras occidentales y buenos contactos con la comunidad internacional, Sirat fue el gran perdedor de los Acuerdos de Bonn. El equipo del ex rey Zahir Sha le eligió por votación como presidente del Gobierno provisional. Pero la larga mano de Estados Unidos con ayuda del entonces enviado especial de la ONU, Lajdar Brahimi, desoyó el consejo afgano y se inclinó por Hamid Karzai. Sirat no disimula su resentimiento.
A las 11.15, el jardín de la casa de Sirat es un hervidero de periodistas, milicianos, guardaespaldas y espías. Allí están reunidos, además de los 14 insurrectos o sus representantes, como en el caso del general Dostum, los enviados especiales de la ONU, Jean Arnaut, y de la UE, Francesc Vendrell. Los opositores amenazan con romper la baraja. Arnaut y Vendrell, que saben del precio de un fracaso justo en este momento, no entran en el juego y les piden que no se precipiten, a la vez que se ofrecen a estudiar sus quejas.
Ambos salen juntos del cenáculo y mientras se dirigen a toda velocidad a la sede de la misión de la ONU para Afganistán, sus ayudantes convocan allí a los representantes de todas las organizaciones observadoras. Quieren conocer de primera mano si las denuncias de los candidatos tienen fundamento. Las calles de Kabul están desiertas desde el día anterior y la presencia de las fuerzas de seguridad en cada cruce da cierta sensación de estado de emergencia.
"La elección es ilegítima", denuncia Sirat a las puertas de su residencia. Una persona próxima a Qanuni cita entre las irregularidades que los partidarios de Karzai han presionado a los electores en algunos centros e insiste en que, si la tinta se borra, quienes han obtenido más de una tarjeta electoral podrán votar varias veces. "¡Qué desastre! Los talibanes van a ganar sin disparar un tiro", dice el especialista en Afganistán Ahmed Rashid, que asiste incrédulo.
Pero mientras los políticos hacen su juego, lo que no ha sido más que un inoportuno error motivado por la falta de práctica ha ido solucionándose. En las mesas electorales instaladas en el Ministerio de la Mujer (seis para hombres y dos para mujeres) reina una tranquilidad absoluta. El supervisor del centro, Hafizullah, aclara el problema de la tinta.
"La gente no espera a que se seque el dedo marcado", manifiesta. Además, en algunos colegios, los rotuladores con los que debía aplicarse la tinta se han confundido con los de marcar las papeletas. "Iban en la misma caja y estaban etiquetados en inglés", admite una fuente cercana a la Comisión. En otros, los agentes electorales usaron la tinta para impregnar el tampón de sellar las papeletas en vez de la indeleble.
Para entonces, la Comisión Electoral ya ha reaccionado: anuncia la continuación de las votaciones y promete investigar todas las irregularidades. Tal vez para compensar la confusión inicial, decide también extender dos horas la apertura de los colegios, hasta las seis de la tarde. La medida se anuncia al borde de la hora de cierre. Muchos centros, como la escuela Abdullah Bin Omar del distrito de Paghman, al sur de Kabul, no llegan a enterarse.
A pesar del sentimiento generalizado de éxito, Qanuni y el resto de los contestatarios se mantienen en sus trece. Si no se paraliza el proceso, insisten en boicotearlo, lo que deslegitimaría sus resultados. Si se acepta su petición, se cede al chantaje. "Hace falta un partido de vuelta", admite Aranaz. A las cinco y cuarto de la tarde, Vendrell, acompañado de los embajadores británico y canadiense, entra en la casa de Qanuni. Poco antes ha salido de allí el embajador de EE UU, Zalmay Khalizad. Durante toda la campaña ha estado tan cercano a Karzai que su mediación resulta difícil. "Parece mentira que no pueda apretarle los tornillos", se queja un funcionario de la ONU.
Qanuni se queja ahora de que en Kandahar se les han retirado las tarjetas electorales a 6.000 potenciales votantes. También dice que la nieve ha dificultado el acceso a las urnas en Bamiyán. "La gente ha caminado durante tres horas y esperado en la nieve para votar. Me ha impresionado", relata desde la ciudad de los Budas destruidos un observador europeo, desmintiendo cualquier impedimento. Las noticias de Herat (al oeste) o Jalalabad (al este), son igualmente positivas. La ausencia de medios de comunicación retrasa los datos de lugares remotos.
"Es demasiado tarde para boicotear la elección ahora que millones de afganos han desafiado la lluvia y la nieve para acudir a votar", contraataca Karzai en una conferencia de prensa.
Trampas
No quiere decir que no haya habido trampas. "Ha sido muy fácil votar cuatro veces", admite descarado Jawad, que muestra dos tarjetas electorales. "Me he deshecho de las otras dos", asegura. ¿Logró cuatro? "Incluso conozco a gente que se hizo con siete y luego las ha vendido", dice. "Estas elecciones son puro teatro: EE UU ha elegido el candidato que le conviene, no el que quieren los afganos".
La mayoría de los entrevistados se declaran partidarios de Karzai. Otros simplemente se reservan sus preferencias. Jawad, un funcionario del Ministerio de Interior que colaboró con las fuerzas especiales norteamericanas en el Panchir, trata de disimular que sus cuatro votos fueron a parar a Qanuni. "Ése es el problema, que no son funcionarios sino miembros de las facciones", asegura Amín, al que le revientan las afiliaciones étnicas. Aun así, a última hora de la tarde aún no ha votado. "Después de 25 años de guerra, ¿de verdad podemos tener esperanza?", pregunta.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004