El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, tiene dos hijas que, como el resto de los niños españoles, son objeto de un bombardeo catódico diario de cotilleos, zafiedades, insultos y demás bajezas que, en horario infantil, emiten las cadenas de televisión nacionales, en especial las privadas. Debe sentirse tan preocupado como tantos padres, que muy poco pueden hacer para que sus hijos se traguen alegremente, en clara violación de la directiva comunitaria sobre la Televisión sin Fronteras en materia de horarios, tanta bazofia sin parangón en los demás países de la Unión Europea. El líder socialista ha manifestado su deseo de querer poner freno y, para ello, ha anunciado que se reunirá próximamente con el Defensor del Pueblo y con el Defensor del Menor.
Sería mucho mejor que hubiera una voluntad común para establecer una autorregulación (que no tiene por qué significar censura) en materia infantil a la espera de que se establezca un órgano profesional independiente. Pero antes de adoptar medidas de simple aplicación de la ley, resultaría sensato que Zapatero o representantes de su Gobierno hablen con los propios operadores privados para hacerles ver que es un problema que exige una solución entre todos. El Gobierno tiene potestad sobre TVE, pero no sobre las demás cadenas no estatales. La directora general de RTVE ya ha pedido a sus subordinados que se impliquen en la lucha contra la telebasura, y ofrezcan más programas infantiles. En cualquier caso, lo que la autoridad pública está en su derecho es en obligar al cumplimiento de la ley, que exige no emitir programas dañinos para los menores durante la franja que va desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. Sobre todo, el esfuerzo debería centrarse en el horario de tarde, entre las cuatro y las ocho, cuando los pequeños pasan más horas frente al televisor.
No se trata ahora de hacer un análisis sobre la telebasura y sobre la pobre calidad de los programas de televisión en España, sino de reconducir, a falta de la urgente creación de un órgano audiovisual independiente como existe ya en la mayoría de los países de la UE, y con el ejemplo cercano de Cataluña y Navarra, una situación con el fin de proteger a la población menor más indefensa. Es cierto que lo que vemos en la televisión puede ser espejo de nuestra sociedad y, por consiguiente, que resulte cínico y moralista censurar que el ciudadano no se vea tentado a seguir un reality show o incluso mire, entre sonrojado y complaciente, los últimos escándalos sexuales de famosos y de otros que no lo son. Pero una cosa bien distinta es permitir que esa más que dudosa programación se emita durante horas en que los niños ven la televisión. Ésta no debería ser sólo un medio de entretenimiento, sino también de educación para los más jóvenes.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004