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Entrevista:ROLF ZINKERNAGEL | Premio Nobel de Medicina 1996

"Nunca habrá una vacuna que prevenga el sida"

Las vacunas son uno de los mayores orgullos de la ciencia médica. Han salvado más vidas que cualquier otra medida sanitaria de la historia, han logrado erradicar la viruela del planeta y han puesto al alcance de cualquier Gobierno sensato la eliminación de la polio, la difteria, el sarampión, la tos ferina y muchas otras enfermedades peligrosas. Parece lógico que, más allá de los costosos fármacos antivirales, las mayores esperanzas para combatir el sida, sobre todo en los países pobres, estén puestas en el desarrollo de una vacuna que evite los nuevos contagios. Pero Rolf Zinkernagel cree que esas esperanzas carecen de fundamento.

Su pesimismo, por desgracia, se deriva de una profunda comprensión de la evolución biológica y el sistema inmune, un campo al que hizo contribuciones esenciales que le valieron el premio Nobel de Medicina en 1996. Pero ahí se acaba la mala noticia. La buena es que la mejor vacuna para prevenir el contagio del sida ya existe: información, educación y condones. Zinkernagel (Riehen, Suiza, 1944) pronunció el viernes en Pamplona la 6ª lección conmemorativa Ortiz de Landázuri, organizada por la Clínica Universitaria y la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, que celebra este año su 50º aniversario.

"El rechazo de la Iglesia católica a los condones es una catástrofe"

Pregunta. ¿Es la evolución importante para la medicina?

Respuesta. La mayoría de los problemas médicos deben examinarse en el contexto de la evolución humana, sobre todo para evitar esperanzas poco realistas.

P. ¿Como la esperanza en la vacuna del sida?

R. Sí. Podemos esperar una vacuna que retrase o reduzca la aparición de los síntomas en las personas infectadas, pero nunca habrá una vacuna que prevenga el sida en la población general. Ninguna vacuna del sida alcanzará ni de lejos la eficacia a la que estamos acostumbrados con la viruela y las otras vacunas clásicas, y sin esa eficacia no puede prevenirse el contagio.

P. ¿Por qué no se puede alcanzar esa eficacia?

R. Las vacunas clásicas, como la de la viruela, funcionan tan bien porque se ocupan de agentes patógenos muy rápidos, capaces de matar a un niño en cuestión de días, y que por tanto siempre han sido una amenaza para la supervivencia de la especie. Los homínidos se hubieran extinguido si no hubieran desarrollado una defensa muy eficaz contra estas infecciones agudas: la madre le pasa los anticuerpos al hijo, primero por la sangre y luego por la leche. Esto es imprescindible, porque los niños no tienen un sistema inmune maduro.

P. ¿Por qué se necesitan las vacunas, entonces?

R. El sistema inmune está en un delicado equilibrio con los virus y bacterias comunes durante la historia de la especie, pero el equilibrio se altera por la superpoblación, los cambios en la conducta de lactancia y los altos niveles de higiene, que impiden el contacto con esos agentes infecciosos durante la niñez. Ese contacto es importante para que el niño genere sus propios anticuerpos. Los de la madre caducan a los dos o tres años. Pero el caso es que estas vacunas clásicas son tan eficaces porque imitan un proceso natural, un producto de la evolución.

P. Y eso no ocurre con el sida.

R. Ni con el sida ni con las demás enfermedades crónicas o de desarrollo lento: malaria, lepra, tuberculosis, hepatitis C, infecciones por leishmania o tripanosomas. Lo que tienen en común es que no matan en días, sino en décadas. Una persona que muere a los 10 años de edad no deja descendencia, pero una que muere a los 30 sí. En consecuencia, no hay presión evolutiva para desarrollar defensas. El sida y la malaria son compatibles con la supervivencia de la especie. Por eso no tenemos buenas defensas contra ellos.

P. Ni somos capaces de inventar buenas vacunas contra ellos.

R. Exacto. Los anticuerpos sueltos -como los de la leche materna, o los que induce una vacuna clásica- no sirven en este caso. Contra estos agentes patógenos hay que estimular la llamada inmunidad celular, basada en linfocitos [células blancas de la sangre] que atacan a las células humanas infectadas. Pero este tipo de inmunidad es muy difícil de imitar con una vacuna.

P. ¿Por qué?

R. Tomemos el tipo de vacuna más común: un virus inactivado o atenuado. Al inyectarlo en un paciente, los linfocitos se activan contra él, pero, como el virus no puede reproducirse, acaba desapareciendo, y entonces los linfocitos pierden actividad. El paciente vuelve a estar desprotegido frente a una futura infección.

P. ¿Y no hay trucos para mantener activados los linfocitos?

R. Sí, pero son arriesgados, porque pueden dar lugar a enfermedades autoinmunes, en las que las defensas reaccionan contra el propio paciente. De hecho, la hiperactividad de los linfocitos, que es necesaria en la madre para transmitir una cantidad suficiente de anticuerpos al hijo, es la causa de que las enfermedades autoinmunes sean cinco veces más frecuentes en las mujeres que en los hombres. En biología no hay todo o nada. La evolución produce equilibrios delicados, y no hemos conseguido imitarlos artificialmente.

P. En el caso del sida, está también el problema de la gran variabilidad del virus. ¿Qué se puede hacer?

R. Nada, excepto imaginar un modo de fabricar una vacuna que contenga todas las posibles variantes, lo que también es extremadamente difícil.

P. ¿Qué podemos hacer contra un millón de años de evolución?

R. Lo que ya llevamos haciendo 10.000 años: pensar, organizar, cooperar y tener en cuenta el bien social. Los dos grandes problemas de este planeta son que hay demasiados humanos y que somos demasiado estúpidos para hacer lo correcto, que es prevenir el contagio con información, educación y las medidas adecuadas de protección.

P. ¿Qué opina del rechazo de la Iglesia católica a los condones?

R. Es una catástrofe. Ese mensaje no debería ser posible.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004