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COLUMNA

Elegancia

En Londres, donde vivía exiliado con su hija, el príncipe anarquista ruso Kropotkin le preguntó al pedagogo José Castillejo: "¿Por qué trae usted tantos jóvenes españoles a educarse en Inglaterra?". Castillejo, que era director de la Junta de Ampliación de Estudios de la Institución Libre de Enseñanza, le contestó: "Para tratar de que se parezcan a los caballeros británicos". El príncipe anarquista comentó con una sonrisa irónica: "Ah, claro está, ahora me explico la impresión que me causaron en mis viajes en ferrocarriles lentos y sucios por España los pobres aldeanos que nos ofrecían con tanta naturalidad sus viandas a la hora de comer y ayudaban a mi hija a descender del tren tomándola delicadamente por la cintura. Yo no podía imaginar que aquellos viajeros estuvieran educados en Oxford y en Cambridge". El viejo historiador Ramón Carande, que había presenciado este diálogo en 1914, me contó: "Éramos demasiado elitistas, aunque yo entonces tenía alguna falta de modales, como demostré en una mesa rodeado de ancianas aristócratas y de un par de lores ingleses, anfitriones y amigos de Castillejo. Durante la comida, sin saber qué hacía, incrusté con el tenedor un trozo de pan en el huevo escalfado. El huevo no se quejó en absoluto, pero a mi alrededor se produjo un silencio sepulcral y me miraron todos con ojos como platos". Los intelectuales españoles han sido siempre muy exclusivistas. En su tiempo Ortega y Azaña se odiaban públicamente, pero ambos coincidían en su capacidad de desprecio hacia el pueblo. El mundo ha cambiado: aquella estirpe de caballeros y de aldeanos ya no existe. Hoy Inglaterra exporta manadas dehooligans que compiten con el ganado cabrío y muchos de aquellos finos británicos ahora eructan cerveza por las orejas. Por otro lado, bajo el cúmulo de basura que se ha establecido en la política y en la moral de nuestro país, han desaparecido también aquellas figuras cuya alma poseía una profunda educación natural: el pastor solitario que se alimentaba de horizontes, el labriego sentencioso, el viejo marinero curtido por varios naufragios, los hidalgos arruinados y llenos de honor sentados en las raídas butacas en sus casas solariegas. Sólo aquellos personajes serían capaces hoy de tomar por la cintura a la hija de un príncipe anarquista con una delicada elegancia. Los intelectuales de aquel tiempo los despreciaban, pero si ahora aquellos aldeanos vivieran, no todo estaría perdido en esta sociedad encanallada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 2004