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COLUMNA

Ancianos

En estos tiempos en que la adolescencia se ha vuelto una marca registrada, la vejez es una propiedad de la que sólo presumen los vinos. Antiguamente, la cosa se presentaba de modo distinto. Nuestro acervo filológico nos sugiere que los ancianos eran personas más valiosas de lo que resultan ahora al presentarnos en un halo de prestigio palabras como senado, el consejo del que formaban parte cuantos podían considerarse senex, de edad provecta: la larga experiencia de los senadores los hacía óptimos consejeros, y sus apreciaciones gozaban de enorme predicamento en la vida pública. La mayoría de civilizaciones del pasado empezó rigiéndose por un consejo de ancianos como el que Platón, también anciano, propugnaba en uno de sus últimos diálogos, Las Leyes; en otra obra previa, La República, propuso que nadie debía dedicarse en profundidad a la filosofía, la actividad más elevada y comprometida que cabe, hasta no haber rebasado los cincuenta años: porque la vejez equivale a esa esfera de prudencia y sabiduría necesarias al hombre para emitir juicios aquilatados sobre la realidad que le circunda. Algo similar a lo que habrá pensado el promotor de una curiosa iniciativa en el pueblo de Tijola, en Almería, donde se ha fundado un consejo de ancianos con objeto de asesorar al equipo municipal en la toma de resoluciones gubernativas: claro que estos venerables almerienses sólo detentan un poder consultivo, que por algún motivo rima con decorativo, y que los concejales pueden desoír siempre que les venga en gana. En nuestros días, los ancianos se hermanan cada día más con los muebles, esos objetos cuyo cometido radica en acaparar polvo en un rincón de la salita, aunque intentos como el de Tijola traten tibiamente de devolverles el honroso lugar que ocuparon en el pasado. Algo ha sucedido en el intervalo: la conversión de nuestros mayores de depósitos de conocimiento en depósitos de huesos.

La memoria me flaquea, así que no puedo escribir aquí el nombre de aquel corresponsal y admirador que una tarde de mil ochocientos y pico visitó a Immanuel Kant en su casa unos días antes de que éste muriera. Había leído con fervor las tres Críticas, utilizado los textos del maestro como cabecera y adorado tan egregia cabeza desde la distancia, pero cuando aquella tarde el admirador se encontró con un cadáver en pantuflas que le invitaba a pasar a un gabinete demasiado oscuro, la adoración se trocó en compasión y aun repugnancia. Probablemente, se me ocurre, jamás nadie habría eludido con el mismo asco al Platón anciano, y nada se nos dice de que los discípulos evitaran a un Sócrates senil que moría rodeado de amigos a la edad de setenta y un años. Las tornas han cambiado y el sabio de la tribu, que antes nos ayudaba a interpretar las constelaciones, se sitúa ahora del lado del lastre. Los mayores de Tijola han sido rescatados del geriátrico y las excursiones suicidas del Inserso por alguien que presentía que tratar a la vejez de este modo es el resultado de la confluencia de dos reprobables actitudes: el olvido, que será también pan nuestro en alguna década de mañana; y la indiferencia, que es la culpable de todas las dictaduras, de los desastres, del olvido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de noviembre de 2004