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COLUMNA

Manifestación de fe

Los folletines parroquiales están que arden. Los aprensivos medios buscan determinadas claves en latín que revelen la fecha y el lugar del pistoletazo a las movilizaciones católicas, en lo que podría darse en llamar la noche de las sotanas largas. Por el momento, la creencia generalizada es que se mantiene en secreto todo lo relativo al alzamiento, pero se sospecha que en las iglesias se intercambian consignas y se ultiman preparativos, introduciendo cuñas en los sermones, o mediante una clave de cuchicheos interrumpidos por sucesivos ave marías, al abrigo de las sombras y del secreto de confesión.

En éstas circunstancias Gobierno y población tienen miedo al infierno en la tierra -o al fuego eterno- y muchos lo achacan al terrorismo psicológico del clero, pero bien es verdad que todo el mundo posee, en teoría, el derecho a manifestarse.

Por el momento, se descarta que a la manifestación vayan a acudir jóvenes seminaristas con cócteles mólotov en sus carteras, y tampoco es probable que las novicias rompan cajeros automáticos o prendan fuego a los contenedores de basura, a pesar de que se teme la aparición de grupos incontrolados de monjes capuchinos que, ocultos bajo sus caperuzas, se aprovechen de la maniobrabilidad de sus chanclas para marear a la autoridad y provoquen a las fuerzas del orden con sus cantos subversivos. Nada importante, al fin y al cabo, si tenemos en cuenta que los miembros de las asociaciones de juventudes cristianas han prometido no tocar la guitarra.

Así las cosas, muchos se felicitan de que la Iglesia haya organizado una manifestación laica, salvando las paradojas que ello podría entrañar, porque creen que ya es hora de que un lobby capaz de interponerse en la política del Gobierno -e incluso en la economía del Estado- se materialice públicamente con todo el peso de su influencia para reivindicar sus dividendos procedentes del parasitismo, y que lo haga sacando a su rebaño a la calle, en un ejercicio de transhumancia político-religiosa, como quien convoca a los fieles a la misa (y que no falte nadie, porque luego vamos a preguntar de qué color era la casulla del cura).

Es posible, por vericuetos sinuosos del destino, que la campaña y manifestación estén pagadas con fondos públicos -o con fondos que hayan sido públicos alguna vez-, así que está invitado a acudir, ya que todo se hace con su dinero, comparta o no la ideología del evento. No se sorprenda: usted subvencionó hace poco una carísima campaña publicitaria de la Iglesia contra la eutanasia como quien paga el gas o el agua, a pesar de que no le preguntaron su opinión. Pensando objetivamente en ello, es ridículo quejarse de otras religiones, puesto que cada uno lleva su cruz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de noviembre de 2004