Ardía Faluya bajo bombas de fósforo (equivalente al napalm que se arrojó en Vietnam: otra similitud, pero deliberada), en la pantalla de mi televisor, y yo me preguntaba, una vez más, cómo se las arreglan en las redacciones de las emisoras para vestir con palabras las imágenes empotradas que les van llegando sin apenas información, o al menos sin información fiable.
Porque éste es otro de los Valores Morales recién consagrados en las últimas elecciones celebradas en la sede del Imperio: el control del periodismo. Embridados los reporteros, queda el análisis, la lucubración, el juntar dos y dos y ver que suman cinco e intentar averiguar por qué y, honestamente, contarlo.
Tiempos encanallados éstos en que la técnica más sofisticada se pone al servicio de la ocultación. Sin embargo: ni siquiera la más refinada castración del objetivo pudo impedir mandarnos una imagen repugnante, en ausencia de aquellas que debieron mostrarnos a los muertos y los heridos y los hospitales machacados. Me refiero al grupo de orondos oficiales estadounidenses que presenciaban el desfile de blindados hacia la nueva ciudad martirizada. Se les veía excitados, como niños chicos que ven pasar la comitiva de Santa Claus. El obsceno espectáculo de los generales animando a sus tropas, camino del fracaso más grande de la civilización: guerra y muerte.
Pero no todo está perdido, amigos míos, o eso pensé cuando, en la televisión autonómica catalana, en el espacio La nit al dia, de la inteligente periodista Mònica Terribas, compareció como invitado Joan Roura, especialista en Oriente Medio de la casa y uno de mis reporteros de cabecera. Con talento, ambos se adentraron, primero, en el caso Arafat (otro punto periodístico oscuro) y sus consecuencias y, a continuación, en el laberinto iraquí. Bueno, fue un ejemplo de cómo la confesa y frustrante falta de material informativo puede ser, no ya sustituida, sino expuesta, analizada, juzgada y clarificada por opiniones de peso que portan el aval del conocimiento y la experiencia.
Así pues, nos hemos quedado atando cabos desde el tresillo de la sala. Habiendo tanto buen reporterismo al que se impide acercarse al lugar de los hechos.
Valores Morales. Puaf.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de noviembre de 2004