Alberto Porlán, director de Las cajas españolas, ha escogido el camino más arriesgado: investigar y aglutinar toda la información, proveniente de documentos y declaraciones, para luego contar su historia como si de una obra de ficción se tratara (lo que, evidentemente, no es). Un narrador relata así de forma continuada e ininterrumpida las rocambolescas idas y venidas de las obras de arte del Museo del Prado y otras colecciones durante la guerra civil española (de Madrid a Valencia, de aquí a Cataluña, después a Suiza, y vuelta a su origen), mientras en la pantalla se suceden las imágenes de archivos históricos y, cuando no las hay, se introducen las filmadas por Porlán ad hoc, pasadas a blanco y negro de la época, y posteriormente desfiguradas de forma digital con los típicos costurones, desperfectos que evitan el choque con los documentos reales con los que se alternan. Esas dramatizaciones (sin diálogo alguno) no suelen funcionar bien en los documentales, pero las realizadas por Porlán, sorprendentemente, sumergen al espectador en la maravillosa historia de un grupo de españoles que, encabezados por un personaje tan interesante como Timoteo Pérez Rubio, un buen día decidió que el patrimonio artístico era incluso más importante que la propia República. Una operación manipulada por la mentira franquista, que propagó a los cuatro vientos que "los rojos" querían "robar" las obras de arte.
LAS CAJAS ESPAÑOLAS
Dirección: Alberto Porlán. Intérpretes: Ramón Linaza, Manuel Barceló, Vicente Garrido. Género: documental. España, 2004. Duración: 90 minutos.
Es posible que el ritmo, constante, aunque demasiado uniforme, y la omnipresente narración en off provoquen la inevitable desconexión mental del espectador en ciertos momentos, pero una poderosa imagen o una deslumbrante información siempre acaba evitándolo y provocando de nuevo la fascinación con este meritorio trabajo de reconstrucción histórica y fílmica.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de noviembre de 2004