La conferencia internacional sobre Irak celebrada en Egipto ha evitado mirar al pasado para apoyar plenamente las elecciones convocadas para el 30 de enero. Pero la creciente violencia, a la que el aplastamiento de Faluya y otras ciudades no ha puesto fin, sino todo lo contrario, hace difícil mantener un calendario indispensable. No parece que los comicios puedan celebrarse en el triángulo suní, lo que dejaría fuera del proceso a una parte minoritaria aunque importante de la población: justamente la que mandó con Sadam Husein. Mientras, los chiíes están uniendo sus fuerzas bajo el impulso del gran ayatolá Alí Sistani con el objetivo de ganar y de echar al Gobierno interino de Ayad Alaui.
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La condonación de casi un 80% de la deuda iraquí anunciada por Francia, Alemania y Rusia, a la que se ha sumado España, es un gesto constructivo hacia Washington. En aras del compromiso, los presentes en Sharm el Sheij -los ministros de Exteriores de 19 países vecinos y del G-8, y cinco representantes de organizaciones internacionales- han renunciado, pese a la insistencia de Irán, a exigir una fecha para la salida de las tropas extranjeras del país. Y, sin embargo, un compromiso concreto de retirada contribuiría a encauzar el conflicto. Colin Powell ha logrado evitar la condena a la violencia contra civiles, y ha obtenido un compromiso de colaboración de los vecinos, especialmente Siria e Irán, para cerrar a través de sus fronteras la penetración de terroristas hacia Irak.
Las intenciones son buenas. Pero nadie se ha comprometido a enviar tropas para garantizar las elecciones. "Elecciones en un entorno seguro", pidió el alemán Joshka Fischer. Todos apuestan por las elecciones. Pero si éstas no se celebran, no parece haber un plan alternativo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de noviembre de 2004