Los cientos de folletos turísticos que amontona en su casa son intenciones viajeras que la productora y coprotagonista de Los monólogos de la vagina -cinco años en cartel- hace o no realidad.
Cuénteme sus evocaciones viajeras.
Tengo destinos soñados de los que recopilo catálogos. Como la Polinesia Francesa. Pienso que no merece la pena ir tan lejos para menos de 15 días. Y como no tengo tiempo, no voy.
No se la ve muy frustrada.
¡Qué va! El verano pasado acabé en Ibiza, con un grupo de 15 mujeres de entre 35 y 45 años. Unas, separadas. Otras, con novios casados y desaparecidos en combate. Inteligentes, atractivas. Pensé: ¿qué pasa?
¿Y qué pasaba?
Ellos tienen pánico al compromiso. Ellas, ganas de disfrutar.
¿Un viaje con amigas, mejor que uno con el novio?
Ambos. Recuerdo un viaje con amigas a Marbella. Éramos estudiantes y dimos con una pensión infecta. Dormimos en una habitación que era paso obligado para ir a la contigua.
Habitación con sorpresa.
Tenía una cama libre. Mi amiga Paloma y yo nos acostamos, y oímos que entraba una pareja. Una rubia y un negro. Paloma, cortada, apagó la luz. Ellos se acostaron en la cama libre.
Viene el porno, presumo.
Nooo. Yo susurré: "Paloma, haz algo". Y él: "¡Cómo que Paloma! ¿No se han equivocado de habitación?". Y Paloma: "Que no, que es la nuestra". Se fueron. Aún nos tronchamos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de diciembre de 2004