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FUERA DE CASA

Laicos, gracias a Dios

Lo buñuelesco es una genialidad difícil de entender, imposible de heredar o de imitar.

Una buena semana para observar el estado de salud de las dos Españas. Ahí siguen, vigorosas, enfrentadas, vivas y festivas. Afortunadamente las barricadas ya no están tan enconadas como en el ensayo de Santos Juliá. Ya no hay intelectuales orgánicos del estilo de Pemán, que veía en los laicos, en los seguidores de la Institución Libre de Enseñanza o en los afrancesados sinónimos de lo antiespañol. No, hoy ya no estamos para esas guerras santas. Lo que no impide que los nuevos cruzados de viejas causas de cielo y dinero tengan emisoras, periódicos o bastantes más de 59 segundos televisivos. No estamos cautivos, ni nos hacen falta las armas, sino mantenernos razonablemente alertas para impedir que los totalitarios -laicos o cristianos- vuelvan a sus antiguos deseos de purgar, expurgar, liquidar o exterminar a otros españoles que con ellos no comulgan. Esta semana hemos visto que ni la Constitución tiene por qué ser una santa inmaculada que solicita de sus hijos la fe del carbonero. Ni la Inmaculada Concepción puede impedir ser celebrada por constitucionistas laicos o religiosos, militares o civiles, por los que entonan el himno de la Infantería o por los que cantan por Javier Krahe. Españoles todos los que lo pretendan, se ponga Bono como se ponga. También español es el romano y cervantino Sánchez Ferlosio. Lo es incluso escribiendo: "Odia España y compadece a los españoles". Y lo sigue siendo cuando dice que "Dios es una creación de la blasfemia".

Ateos, laicos o cristianos, gracias a Dios, unidos en la universal admiración por una película de un español que está considerada Memoria del Mundo por la Unesco. Los olvidados, de Luis Buñuel, la película que revolucionó el cine mexicano, el cine mundial en los años cincuenta, ha sido, en compañía de Metrópolis, de Fritz Lang, la única hasta ahora de la historia del cine que tiene ese galardón. Obras que son bienes de la humanidad, valiosos monumentos del ser humano por su capacidad de emoción, de valores o de denuncia. La historia de la película, sus avatares con la censura mexicana, su prohibición en España, su influencia en los cineastas, entre los intelectuales laicos o católicos, se pueden visitar en una exposición del madrileño Círculo de Bellas Artes. La misma exposición que en compañía de Javier Espada -comisario de la exposición y responsable del Centro Buñuel de Calanda- visitó el presidente Rodríguez Zapatero el otro día, antes de sus jornadas afrancesadas en Zaragoza. Zapatero tomó nota de la genialidad de Buñuel, aragonés afrancesado, español del exilio, ateo gracias a Dios, capaz de financiar en secreto las cofradías de los tambores de la Semana Santa de su pueblo; seguidor del barroco milagro de Miguel Pellicer, experto en heterodoxias católicas, descreído y amante del misterio. Un español medular que supo resumir en su vida y en su obra lo mejor de nuestras contradicciones. Lo buñuelesco es una genialidad difícil de entender, imposible de heredar o de imitar. Representa lo mejor de nuestra tradición si le sumamos religión, apostasía, ortodoxia, heterodoxia, judaísmo, erasmismo, masonería, krausismo, republicanismo, unas gotas de comunismo, bastante anarquismo, cocina tradicional, celos, machismo, vino de la tierra, charlas de café, burguesía ilustrada, paternalismo, rico por familia, pobre del exilio, tabaco, sordera, puntualidad y drys martinis. También habría que añadir una lista de amigos de referencia en la cultura del siglo XX. Algunas ciudades como Zaragoza, Madrid, París, Nueva York o México DF. Ser maestro, sin afectaciones, subvenciones o excepciones en el mejor oficio del siglo XX, director de cine. Apasionado lector de Galdós. Tener simpatía por el diablo, imaginar a Cristo sonriendo a carcajadas, bailar La Marsellesa a ritmo de pasodoble, escuchar a Wagner y preocuparse porque sus hijos salieran de noche.

Para celebrar su memoria, después de la exposición de Los olvidados, he vuelto a uno de sus bares, El Chicote. El que fuera el bar más moderno del Madrid republicano, el más húmedo del Madrid franquista, que se salva milagrosamente, buñuelescamente, de los tertulianos roñosos, puteros y bienpensantes de derechas, el mismo que casi muere con la democracia, acaba de recibir el premio al mejor bar europeo. Me alegro aunque sea mentira. Seguramente se lo han dado por su historia, por aquellos martinis que bebieron los del tiempo de Buñuel, por los gin-tonics de Hemingway en tiempos guerreros o incluso por las copas de los años cincuenta cuando Madrid fue eso que cuenta Marcos Ordóñez en su biografía de Ava Gardner. Ahora debería mejorar, al menos en las amables horas diurnas, antes de la llegada de los chicos alegres que hacen renacer las noches de un mítico bar.

No le hubiera importado a Buñuel volver a beber en aquellos interiores que guardan, a pesar de tantas mostrencas renovaciones, algo de su mejor historia. Sé que al aragonés le gustaría salir de su tumba. Lo dejó escrito antes de su último suspiro: "Comprar algunos periódicos, y con ellos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes regresaría al cementerio y leería lo desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba". También, además de los desastres, encontraría una alegría, una razón para otro martini: a su querido alumno, a su amigo, también aragonés y descreído, Carlos Saura, le han dado en Barcelona el premio a una carrera, los cineastas europeos. Saura, como tantos otros cineastas, no hubiera sido el mismo si Buñuel no hubiera rodado Los olvidados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004