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DON DE GENTES

Soy una víctima

Soy fumadora pasiva desde que era niña de pecho; por eso, cuando vi un artículo en este periódico defendiendo a los fumadores, creía que lo había escrito mi padre. Pero había sido Leguina.

NO QUISIERA UTILIZAR esta preciada columna, que a muchas perracas les gustaría tener (ah, se siente, es mía), para contar cosas personales. Ya saben ustedes que lo que yo pretendo es traerles intacta la noticia, sin opiniones que la envenenen antes de servirla en el plato, no, señor, yo entiendo la noticia como si fuera un sushi: el pescado, cuanto más fresco y más crudo, mejor. Pero hay veces, qué caramba, que uno mismo se convierte en noticia. ¿Qué hacer entonces?, ¿callarse uno? No, señor. La objetividad, como el onanismo, empieza por uno mismo. En fin, no quiero alargar esta ya tediosa introducción y voy a ello: nunca lo he dicho porque soy muy discreta, pero yo soy donante. He donado todos mis órganos. Bien es cierto que hay personas a las que les daría un poquito de escrúpulo tener un órgano mío y preferirían antes el de un cerdo. Por suerte, los órganos son anónimos, y a mí me divierte pensar que uno de mis enemigos acabe con mi hígado, un hígado estupendo después de una juventud ligeramente alcohólica de la que salió un poquito perjudicado. Gracias a Dios, ahora llevo una vida burguesa y aburrida y sana, que es un asco, la verdad. Haciendo un inciso: lo que a mí no me gustaría que me trasplantaran son los pulmones de Leguina, que deben de estar, eso sí, un poquito menos negros que los pulmones de mi padre, porque Leguina es más joven. Pero desde aquí te lo digo, Joaquín: ¡con tiempo y tres paquetes al día, aún puedes conseguirlo! Me ocurrió una cosa graciosa cuando leí el artículo de Leguina sobre el tabaco: lo empecé a leer sin mirar quién lo había escrito y juro que pensé: "¡Coño, por fin le han publicado a mi padre su célebre carta al director sobre el tabaco!". En esa célebre carta al director, que mi padre ha mandado al periódico diez veces, todas con nombres supuestos, porque dice que no quiere perjudicarme (mi padre siempre cree que me van a echar), mi padre se dedica a desmontar todas las teorías científicas en contra del tabaco ("a día de hoy, esos mequetrefes no han podido demostrar nada") y defiende a las pobres empresas tabacaleras ("acorraladas, creadoras de puestos de trabajo"). Luego hay una parte muy entrañable donde mi padre habla de cómo educó a sus hijos en el respeto a los fumadores, de cómo viajábamos en invierno en un seiscientos "por aquella Mancha quijotesca" y que, como no había calefacción, no abríamos las ventanillas y entonces el seiscientos era como una burbuja de humo andante, dado que antes de que él acabara un cigarro, mi madre ya le estaba encendiendo otro (era un trabajo en cadena), y de cómo nosotros, desde que éramos niños de pecho, ya éramos fumadores pasivos, y de cómo eso nos ha convertido en personas respetuosas con las costumbres ajenas, porque el hecho de que nos metiera en el seiscientos humeante nada más salir del vientre materno fortaleció nuestros pulmones. Al principio tosíamos un poquillo, pero a los tres meses ya teníamos callo. Cuando mi padre me dio a leer la carta, le dije que por qué había obviado que cada cincuenta kilómetros tenía que parar para que todos vomitáramos en la cuneta. Mi padre me dijo que a él le gustaba recordar lo mejor de sus hijos, no lo miserable. Desde Nueva York, te lo digo, papá: gracias por educarnos en la tolerancia. Por cierto, que esta carta que nunca le publican se llama así: Educación en la tolerancia, que es un título como de Izquierda Unida. Pues eso, que cuando estaba leyendo el artículo de Leguina (sin saber aún que era de Leguina) pensé: "¡Qué fuerte: le han publicado a mi padre su carta en la sección de Opinión! Nivelazo". Pero vaya, no quiero utilizar este artículo para hablar de mi padre, no soy de esas que utilizan sus columnas para airear su vida. Lo mío, ya lo dije, es la noticia, el sushi. Lo que yo quería decir hoy es que hay algunos intelectuales de alto copete, de esos que van de congreso en congreso, que andan diciendo que esta sección es de una estulticia escandalosa, y que soy un reflejo de cómo está España a nivel intelectual. Yo he callado durante mucho tiempo, amigos, pero hoy quiero defenderme. Quiero romper una lanza por mí. Lo haría desde el programa de la Campos o desde el de la Ana Quintana (Ana Rosa, enhorabuena por los gemelos), pero no me pagan el viaje. Así que me veo en la tesitura de utilizar esta tribuna para mi defensa personal. Y lo haré diciendo: vale, lo admito, no tengo ni idea de escribir, lo comparto, qué caramba, pero ahora pónganse en mi lugar: soy de la primera generación de la EGB, en la escuela no hice más que rellenar las célebres fichas, muchos de mis exámenes los contestaba haciendo una cruz marcando la respuesta correcta, no fui educada en el esfuerzo, mejor dicho, fui educada en la ley del mínimo esfuerzo, y si a eso le sumamos que fui la primera generación enganchada a la tele (Los chiripitifláuticos, El doctor Canon, Furia), que soy vaga, que tuve una afición enfermiza a la chuleta en los exámenes: ¿se me puede pedir más? Es muy fueeeeerte que me exijan calidad. Hoy todo el mundo disculpa a los niños de sus resultados, la culpa la tienen los padres, los profes, el Estado, Franco, Internet, la tele, Sardá y Aquí hay tomate. Y los niños se van de rositas porque son víctimas del sistema. Yo también fui víctima. Y de las primeras (qué orgullo). Sólo pido que se me trate como a los niños de España. Eso sí, cuando me lean, bajen un poquito el listón, si no es mucho pedir. Que es mi puesto de trabajo, que tengo niños, que no quiero robar. Poquito de humanidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004